—Pastores no veo —dijo el encantado—; pero sí gente de labranza, que a mi parecer está sacando patatas.
—Pues vamos primero al señuelo de las patatas —dijo el desgraciado Quiboro, avivando cuanto podía su vacilante paso—, que me da el corazón que hemos de encontrar hidalguía y caridad... Quiera Dios que sea la cosecha muy abundante, y que los dueños de ella estén alborozados y satisfechos... Deme el brazo, hijo, y ayúdeme a salvar pronto la distancia que nos separa de esos dignísimos labradores... La Virgen bendiga su trabajo y les aumente el fruto... Ande, hijo, ande.
Llegaron al grupo de labriegos, que eran tres mujeres y dos hombres, y tal ventura deparó el cielo a los peregrinos, que apenas manifestada su fiera necesidad entre bostezos, les dieron cuanto pudo meter en sus anchos bolsillos el cansado viejo. Sin detenerse en el grupo más tiempo que el preciso para expresar del modo más patético su inmensa gratitud, se fueron en busca de un lugar montuno donde pudieran recoger leña y hojarasca, encender lumbre y asar los preciosos tubérculos que de la caridad habían recibido. Atravesando rastrojos y metiéndose por empinadas veredas, dieron en un encinar que les ofrecía descanso, abrigo, soledad, cocina, fogón, leña y mesa para banquetear a su gusto.
Recogió al punto Gil un buen brazado de palitroques y ramaje seco. Felizmente, tenía fósforos y encendió lumbre, que pronto tomó cuerpo, y las crujientes llamas alegraron el alma y templaron el aterido cuerpo de don Alquiborontifosio. De rodillas ante la hoguera, extendiendo las palmas de las manos en actitud litúrgica, tuviérasele por un sacerdote de los prístinos tiempos de la Historia. Acólito de tal ofrenda o sacrificio era Gil, que cuidadosamente cebaba la llama para que se formara un buen rescoldo. Don Quiboro metía las patatas en la ceniza, y tales eran los estímulos de su apetito, que medio asadas y medio quemadas empezó a comerlas, soplando sobre ellas antes de meterlas en su desdentada boca. Y cuando los dos habían aplacado las primeras ansias del gusanillo, cogió el maestro una patata y la mostró con solemnidad a su compañero de fatigas, pronunciando este triste razonamiento:
—A tal miseria han venido a parar mis cincuenta y más años de magisterio en Aliud primero, después en Torreblascos, y por fin en el moribundo lugar de Boñices. Vea usted el premio que dan a una vida consagrada a la más alta función del Reino, que es disponer a los niños para que pasen de animalitos a personas... y aun a personajes, que yo con documento puedo atestiguar... carta canta... que en Buenos Aires, en Méjico y en otras partes de las Indias, viven ricachones que fueron desasnados por mí, y que bajo mi palmeta, hoy en desuso, aprendieron a distinguir la e de la o. Y en esas Cortes o Senados de Madrid, en que tanto se parla, algunos hay que llegaron cerriles a mis manos, y de ellas salieron bien pulidos de lectura y escritura, con algo de aritmética. Nadie me ha favorecido en este vía-crucis doloroso. Dos generaciones de Gaitines han pasado delante de mí con los oídos tapados a mis quejas, y solo me atendieron a medias y de mala gana cuando reclamaba yo dos años de atrasos, dos años de paga, ¡Señor! que me debía el Ayuntamiento. Los Gaitines han favorecido más la fábrica de aguardiente que la fábrica de ilustración. Y heme aquí errante, sin hogar ni más ropa que la puesta y esta manta, atenido a la caridad pública, rodando como las hojas muertas que lleva el viento, sin encontrar ni protección, ni pan, ni siquiera sepultura, pues cuando menos lo piense caeré muerto en lugar salvaje donde las bestias me pisen y los buitres me coman. ¡Oh, buitres, comedme y hartaos de mi carne podrida, y que os aproveche y hagáis buena digestión! Seréis más dichosos que yo lo fui. ¡Oh, niños, niños mil a quienes saqué de las tinieblas, al daros luz hice una generación de hombres ingratos!
Al terminar, limpiose una lágrima y siguió comiendo. Con la conversación del improvisado amigo fue recobrando el pobre viejo su normal temple, y de sobremesa propuso a Gil que, pues habían yantado con sosiego, que compensaba la triste frugalidad, quedáranse buena parte del día en lugar tan apacible, recogiendo y almacenando en sus cuerpos el calorcillo de la hoguera, para tener reserva con que hacer frente a los fríos y desmayos que les esperaban. Así lo hicieron. Echose Gil a dormir, y a media tarde reanudaron su vida errante, llevándose don Quiboro en sus hondos bolsillos las patatas medio asadas y medio carbonizadas que sobraron del festín.
Caminando encontraron una pareja de mendigos: él, caduco y patizambo, con un voluminoso morral al hombro; ella, jovenzuela, canija y andrajosa, con un morral chico y una bandurria vieja. Trabaron conversación, y el hombre, que era muy parlero y comunicativo, les dijo así:
—Yo me voy a pasar la noche a Pitarque, que es alivio del pobre en esta tierra desamparada.
No había oído don Quiboro tal nombre, y pedidas explicaciones, el pordiosero las dio muy claras:
—Bien se conoce que no son ustés de por acá. Pitarque es un conventorro viejo de franciscos o dominiscos... no sé qué. Desde tiempo memorial está caído... la iglesia sin techo, lo demás apañado para casas de labor y lo consiguiente. Comprolo por pocos riales un granjero de Torremocha, que le llaman José Corvejón, y allí ha puesto taberna, algo de parador para personas y bestias naturales, lonja de bacalao y piensos... A la mano acá del monasterio hay un patio grande que fue mismamente claustro, donde salían a regoldar los frailes, acabado el refitorio. José Corvejón, que es hombre cristiano de suyo, porque, según dicen, vivió antes en necesidad, nos deja a los probes entrar en el patio, y nos da sarmientos y otras leñas comustibles para que hagamos lumbre y nos calentemos, y las más de las noches nos reparte la bazofia que sobra de los yantares de la posada... Si no tenéis vos mejor corral donde albergaros, venid con nosotros y lo pasaréis tan ricamente, que también suele haber quien eche al aire las penas con algún desperezo de seguidillas y danza...