—Señor, yo le conozco a usted; creo haberle visto en un lugar llamado Boñices. Dígame si es usted un maestro que tiene por nombre don Alqui...bori...
—Alquiborontifosio de las Quintanas Rubias, para servir a Dios y a usted —dijo el otro gravemente mordiendo el queso con avidez—. Escóndese el rico, mas no el mísero. Como los lobos bajan del monte al llano movidos del apetito de carne, así he salido yo de Boñices, y voy a la ventura por estas tierras, buscando el lugar de abundancia donde sobre un mendrugo. Dios me ha favorecido esta noche trayéndole a usted a mi lado con su pan, su queso y su cortesanía, que me han dado aliento para vivir hasta mañana. Y ahora, buen hombre, ya que hemos metido algo en el buche, hagamos por dormir, que yo estoy rendido, y usted también, a lo que parece. Mañana hablaremos. Abríguese y duerma. La noche es para el descanso, llamémoslo sueño, que es la jaula en que se guardan los pensamientos; el día es para que se abra la jaula, y salgan otra vez los pensamientos a darnos guerra y a engendrar las acciones... Conque buenas noches.
Pareciole muy cuerdo a Gil lo que su compañero de alcoba decía, y se acurrucó bajo la manta para conciliar el sueño. Durmió con intermitencias, atormentado de pesadillas, y una de estas fue que se acababa el mundo, sensación pavorosa producida tal vez por los ronquidos de don Quiboro, que imitaban el son terrible de la trompeta del Juicio final. El día le despejó la cabeza de los terrores milenarios, y puesto en pie y sacudiendo la pereza, mientras el maestro anciano se desperezaba como un camello, se aprestaron a seguir su peregrinación... Don Quiboro dobló su manta en forma de que le sirviera como tapabocas, y por el primer callejón que les vino a mano salieron al campo libre, observando gozosos que el día se presentaba menos encapuchado de nieblas que el anterior.
—¿Hacia dónde vamos, amigo? —dijo don Quiboro, mirando sucesivamente a los cuatro cuadrantes—. Yo ando a la ventura... a ver si caigo donde me sea fácil encontrar un pienso razonable. ¿Hacia dónde cae Guadalajara?
—Hacia el Sur, y el Sur es por aquí —replicó Gil, señalando una dirección, después de apreciar en el horizonte la salida del sol—. A usted, que es persona justa, no debo ocultarle que huyo de la justicia, y no me conviene andar por senderos concurridos.
—Pues yo, hijo mío —indicó el viejo con gravedad estoica—, voy sin criterio propio y entregado al Destino. Ni busco a la justicia, ni huyo de ella; que si la justicia me coge y me conduce de pueblo en pueblo, en estos habrá pesebres donde se alimenten bien o mal los cristianos errantes, que no tienen casa, ni familia, ni una chispa de numerario.
—También yo cuento con el Destino, que suele ser más humanitario que las leyes y los que cuidan de cumplirlas —declaró el caballero—. Si por una parte huyo de la justicia, por otra voy hacia ella... Déjeme que le explique... Yo maté a un cerdo... me prendieron, me escapé... Un guardia civil me quitó a mi mujer... yo voy a que me devuelvan a mi mujer, o a que me maten, pues sin ella no puedo vivir.
—Historia complicada es esa, y no he de entenderla como no me dé más explicaciones. Al decir mujer, ha dicho enredo y confusión. Habrá usted oído aquello de Hembra lozana, darse quiere a vida vana, y también estotro: Mujeres y malas noches, matan a los hombres...
—No es eso, señor —dijo el caballero—. Usted no me entiende... y yo no podría ponerle al tanto de mi historia sin darle una conferencia de tres días.
—Pues resérvela para mejor ocasión, porque con los estómagos vacíos, en esta hora del desgaste orgánico, ni los entendimientos, ni la palabra, ni la memoria, están para largos cuentos, ya sean verdaderos, ya mentirosos. Veamos si la Providencia o San José bendito nos deparan almas caritativas que nos socorran con algún alimento. Usted que tiene buena vista, mire y observe si hay por aquí pastores, o si a lo lejos se descubre algún caserío...