A los dos o más kilómetros de andadura, tuvo Gil bastante claridad de entendimiento para reconocer que el camino que seguía no era el mismo por donde había venido de Atienza. Conducíanle por Medinaceli y Alcuneza, que era, sin duda, más derecho camino hacia Soria. Verdaderamente, por lo tocante a su comodidad, esta o la otra ruta le importaban lo mismo; pero prefirió la de Medinaceli, porque dio en creer que en ella sería más fácil encontrar a la Madre redentora. ¿En qué se fundaba para pensarlo así? En nada... Tal vez en indescifrables voces que susurraban dentro de su cerebro.

Al mediodía emprendieron el preso y sus custodios la subida del puerto de Sierra Ministra. Iban desde las fuentes del Henares a las del Jalón, dos ríos que nacen en opuestas bandas de aquellos montes, y corren luego en contrarias direcciones, tributario el uno del padre Tajo, el otro del padre Ebro. Conforme subían, el tiempo cerrábase más de niebla, y la humedad les penetraba con punzante frialdad hasta los huesos. Por lo que Gil oyó decir a los guardias, hablando con dos caminantes que en sendos mulos llevaban la propia dirección, comprendió que se detendrían en una venta llamada del Cuervo, para tomar alimento y arrimarse un poco a la lumbre, siguiendo después hasta el lugar de Honrubia, en cuya cárcel terminaría la primera etapa de la conducta, para continuar al siguiente día con otra pareja hasta Medinaceli. Picaron espuela los caminantes, y a la media hora, próximos ya Gil y sus conductores a la venta que les prometía sustento y abrigo, vieron alzarse una ondulante columna de humazo negro, y oyeron griterío de alarma y terror. La venta y dos casas y cuadras medianeras ardían en toda la extensión de sus jorobados techos.

Era un lindo espectáculo el del humo negro, que, retorciéndose como columna salomónica, subía lentamente, y en sus caracoleos voluptuosos se iba fundiendo con el blanco albor de la niebla. Las llamas daban toques de púrpura rutilante al bello espectáculo, y el vocerío de las gentes que querían salvar de la quema trebejos y animales, concluía y remataba el conjunto dramático. Llegaron a un punto en que la confusión de humo y vapores cegaron el día, impidiendo la visión de los objetos más próximos. Gil no vio a los guardias, y estos a él le perdieron de vista. ¿Qué había de hacer un hombre en ocasión y momento tan propicios para la conservación personal, más que ponerse en salvo con rauda ligereza de pies? Así lo hizo Gil, por lo cual merece toda la simpatía y alabanzas de sus admiradores. Emprendió carrera en dirección de las fuentes del manso Henares, y para mayor dicha suya y alegría de los que se interesan por su suerte, a los pocos minutos de precipitarse en la veloz huida se sintió desligado del atadijo que le sujetaba los codos. La soga se desprendió silbando como culebra, y los brazos del preso quedaron libres para dar impulso y compás a las disparadas piernas...

Su primera parada para tomar aliento hízola el fugado a distancia tal, que apenas se veían ya las negras humaredas desliéndose en la niebla lechosa. ¡Libre! Con decir que la libertad duplicó su energía, se da una idea de su velocísima carrera; y como iba cuesta abajo, no tardó en pisar terreno llano. «Aunque no te has dejado ver, señora Madre —decía—, ¿quién sino tú me preparó con un oportuno incendio la oscuridad que cegó a los guardias? ¿Qué manos que no fueran las tuyas pudieron desatar la cuerda que me oprimía los codos?... Yo advertí que el cordel por sí solo deshizo sus nudos, y salió silbando y serpenteando hasta perderse de vista en el monte... Ahora déjame ver la luz rosada que anuncia tu presencia, y sienta yo dentro de mí la suspensión o azoramiento, señal infalible de que la Naturaleza se conmueve a tu paso.»

Por más que el caballero miraba a un lado y otro y a los oteros cercanos, únicos que se dejaban ver, no tuvo el menor atisbo de luz rosada ni verde. Imperaba el blanco algodonoso de la niebla, sin dejar ningún resquicio por donde pudieran colarse luces naturales o fantásticas. Avanzada ya la noche, dio de bruces en un lugar miserable cuyo nombre ignoraba. Después supo que era Guijosa. No queriendo infundir sospechas pidiendo albergue o haciendo preguntas, echó un vistazo al caserío del pueblo, vio la iglesia y en ella un ancho pórtico con dos rinconadas laterales que parecían hechas de encargo para que los vagabundos pasaran en ellas la noche.

Antes de acomodarse en su camarín, quiso dar a su cuerpo algún sustento, y recordando que aún le quedaban dos bellotas en el bolsillo del pantalón, metió en él la mano para cogerlas. Grande fue su sorpresa cuando al tacto reconoció que no eran dos bellotas, sino cuatro. Momentos después entraba en una taberna que había visto al pasar por la corredera central del pueblo. Compró medio pan y un pedazo de queso, y fue a comérselo al pórtico donde había encontrado su albergue nocturno. Instalose en él, arrimándose bien al ángulo para buscar todo el abrigo que la dura piedra podía darle, y apenas tiraba los primeros bocados al queso y pan, creyó ver en el rincón frontero un bulto de cosa viva. Poco tardó, por cierto rumor de respiración y carraspeo, en cerciorarse de que era un hombre, un desgraciado caminante, como él sin hogar ni dinero, acaso como él perseguido de la justicia. En estas dudas se hallaba, cuando del bulto misterioso salió una ronca voz que dijo:

—Buen hombre, se quedará usted helado si no tiene manta. Arrímese acá y participará de la mía, que es de cuatro varas, morellana neta. No tema que le pegue miseria, que yo, aunque pobre, no la tengo.

—Buen señor —replicó el caballero, conociendo, por la voz cascada, que hablaba con un anciano—, acepto muy agradecido el abrigo, y allá me voy. Y si quiere usted acompañarme en esta pobre cena de pan y queso, tendré mucho gusto en partirla con usted.

—¡Ay, sí: deme acá, hermano! Tengo un hambre horrible. No poseo más capital que la manta, lo único que he podido sacar del pueblo.

Mientras el famélico señor se incorporaba para tirar feroces mordiscos al pan, Gil se acomodó bajo un pico de la luenga y tupida manta morellana. A la escasa claridad de la luna examinó la cara de su compañero de hospedaje: era cara de viejo, con melenas canosas, y no desconocida para Gil. En alguna parte y en días no lejanos habíala visto. ¿Dónde, Señor? Tanto apuró su memoria, que al fin creyó descifrar el enigma, y para llegar a la certeza, habló así: