—¡Le conozco... ya sé! Un vejestorio con antiparras... He sido pastor en uno de sus rebaños.
—¿Pastor y Conde? Eso sí que es bueno... Amigo, ¿se llama usted don Patraña?
—Me llamo Tarsis... me llamo Asur, Hijo del Victorioso, y si usted me apura, me llamo Mudarra o Mutarraf, que quiere decir Vengador.
—Que sea por muchos años, ja, ja... Pues no es el hombre poco divertido... ¡Quién lo diría, Señor! Hasta en estos lugares de tristeza, salta, cuando menos se piensa, el buen humor, y unas veces por flautas y otras por pitos, se va pasando el rato.
En estas vagas conversaciones les cogió el alba, y conforme iba entrando en la prisión la tímida luz del nuevo día, mermada por los gruesos barrotes de la ventana, se vieron y se examinaron los dos presos. En su compañero, solo conocido hasta entonces por la voz, vio Gil un hombre revejido y de talla corta, de facciones vulgares, iluminadas por un mirar de plácida mansedumbre, afeitado de días, con traje de labrador o jornalero del campo. Al poco rato, se personaron en el calabozo dos individuos que dieron a Gil orden de disponerse para partir a Soria en conducta de la Guardia civil; el otro quedaría en Sigüenza hasta nueva orden. Dieron a los dos mísero desayuno de pan negro y tocino crudo averiado. No tardaron en aparecer los guardias que habían de llevarse a Gil. Este se despidió de su compañero, que con sombrío gracejo le dijo:
—Abur, señor Conde; Dios se la depare buena. Aquí me tiene a su disposición no sé hasta cuándo. Tiburcio de Santa Inés, para servir a Su Excelencia.
Salió Gil entre los dos guardias. La mañana era fría y brumosa. Al pasar frente a la catedral, vio el caballero las almenadas torres de feudal arrogancia ceñuda. Entre los velos de la niebla, el grandioso monumento se revestía de cierta majestad funeraria. Bajando hacia la alameda tomaron el camino real, y a poco de entrar en este, como notaran los guardias en el preso cierta inquietud y ganas de monólogo, le ataron, recomendándole paciencia y juicio. Gil les dijo:
—Atadme si queréis. No me importa, que yo tengo en mi familia quien podrá darme libertad aunque me llevarais encerrado en una jaula de hierro. Vosotros no contáis con una Madre como la mía... Siento que no venga Regino a conducirme. De seguro lo habría pasado mal... Vosotros sois honrados y buenos; cumplís vuestras obligaciones sin deshonrar a los amigos robándoles la mujer... Hay hombres que tienen pinta de caballeros y son como hienas con bonitos ojos. Otros con mal ceño y cara borrascosa llevan dentro un corazón de ángel. Yo, señores guardias, no les aborrezco; sé que me llevan preso y atado por mandato de la ley, y que no porque yo sea persona principal serán más blandos y considerados conmigo.
Con buenas razones le exhortaron los guardias a guardar silencio, y él obedeció, reduciendo a soliloquio las incoherentes cláusulas que de la boca le salían.
«Imposible que la señora Madre deje de venir en mi socorro —se decía—, a no ser, Gil, que el uso que has hecho de tu albedrío sea tal que... No recuerdo bien lo que me dijo al despedirse en Calatañazor... Que si la línea de mi albedrío... que si la línea de su protección... No sé, no sé. Al perder a Cintia he perdido mi razón. Estoy loco. ¿Será verdad que estoy loco?... Ya que mi Madre no me dé la libertad, devuélvame al menos la razón.»