—Hemos llegado a las horas de prueba... La tremenda adversidad oblígame a sumergirme en la resignación dolorosa... Yo, eterna, sé morir... He muerto, he revivido, a fuer de creyente en la grandeza de mi destino. Calla y sufre tú, como yo sufro y callo... En trances de esta naturaleza me vi alguna vez; mas la desdicha presente supera, hijo mío, a otras que parecieron extremadas. Mi destino me impone la sumisión a los ultrajes más atroces. No podré ser redentora, si no soy mártir...

Al son de estos graves dichos, Lobato entonaba canciones obscenas. Los delanteros marchaban silenciosos, y Becerro era como un autómata impulsado por inverosímil mecanismo de piernas. En la segunda cuerda notábase cierta irregularidad de andadura, pues el ágil paso de Tiburcio no emparejaba con la torpeza del pobre don Quiboro, que iba como arrastrado por su compañero. La Madre mostraba un vigor y compás de movimientos que desdecían de su vejez caduca. Observándolo así, los guardias decían a los hombres:

—Adelante; no os hagáis los remolones. Aquí tenéis a la pobre Güela, que os da el ejemplo. Vean cómo no se cansa. Güela, tú mereces que se te dé libertad por valiente y juiciosa. Nosotros no podemos dártela; pero te recomendaremos por tu buen caminar... Anda, doña Sancha o doña Berenguela, que aún no sabemos tu nombre, y quizás por no querer decirlo te ves en esta traílla.

Despejado el día, el sol picaba un poco, y con el sol el aire fresco componía un buen temple para la marcha. Al filo de las doce, entraban en un desfiladero en cuesta, con corte de trinchera no muy alta por un lado, por otro lindante con terreno de peñas y matorrales. Apenas vencido el arranque de la cuesta, don Alquiborontifosio empezó a dar traspiés y caía y se levantaba, sacando fuerzas míseras de su honda flaqueza. Suspendiose por un momento la marcha. Respiró el buen maestro, y al dar los primeros pasos después de la breve parada, cayó en el suelo con pesadumbre, abatiendo a su compañero. Acercáronse los guardias, animándole con palabras caritativas. Pero don Quiboro se tendió a lo largo, quedando en cruz, los cuatro remos extendidos, el rostro mirando al cielo.

—Caballeros guardias —dijo con voz cavernosa—, mátenme de una vez, que de aquí no puedo pasar. La vida se me acaba. Si han de seguir, remátenme con un tirito... y yo quedaré contento y ustedes libres de esta carga.

En derredor del infeliz viejo se agruparon todos. Uno de los guardias declaró que según reglamento no podían abandonarle. Para llevarle cómodamente ajustarían el primer carro que pasara. Don Quiboro se volvió a Gil, diciéndole:

—Caballero que me acompañó y me dio parte de su queso y pan, coja mi manta. No puedo hacer testamento de otra cosa; y usted, doña María, écheme su bendición. Ven, muerte pelada, ni temida ni deseada.

Trataron de animarle con palabras afectuosas y bromas compasivas. Lo primero que dispuso el de la cara hosca fue desligarle de Tiburcio, atado a él mano con mano. Lleváronle fuera del arrecife, depositándole en un lomo de tierra, bastante apropiado para servir de cama. La faz angulosa del anciano se desfiguró y descompuso por entero, anticipando la faz cadavérica. Llevose la mano al pecho; abrió la boca cuanto abrirla podía, y absorbiendo gran cantidad de aire, pudo articular estas palabras:

—Amigos, dadme los parabienes, porque ya se acabó el padecer de Alquiborontifosio de las Quintanas Rubias.

—Ea, no se acobarde, abuelo —le dijo Regino poniéndole la mano en la frente, mientras el otro guardia le tomaba el pulso—. Le llevaremos en un carro... Descanse... ¿Ha sido usted militar? ¿Ha sido labrador?