—No señor... He sido...
—Ha sido maestro de escuela —dijo la Madre—. Tened compasión del que enseñó a leer a vuestros padres.
Advirtieron todos fúnebre contracción de los músculos faciales del desgraciado viejo. Encogió este una pierna, y las dos estiró luego desmesuradamente.
—Maestro —dijo un guardia—, haga el favor de no morirse en nuestras manos, que no tenemos la culpa de su infelicidad.
Y él, extinguiéndose, articuló trémulas expresiones:
—Maestro fui; ya no soy nada... Rezadme algo... Mejor será que digáis: Muerta es la abeja, que daba la miel y la cera.
Así entregó su alma en un camino el caminante que recorrió larga vida de penas y abrojos; así murió la solícita abeja, que dio toda su miel a las generaciones ingratas.
Y en el trance de atender al maestro moribundo, y en la emoción de verle morir, distraídos los guardias por ley de humanidad, no advirtieron que Tiburcio de Santa Inés, en cuanto se vio desligado de su compañero, se deslizó lindamente hacia las peñas próximas, y por entre malezas y pedruscos hizo una teatral desaparición de su persona. Uno de los guardias, apenas recobrada la conciencia de su obligación, le vio a lo lejos, ganándose la libertad con la ligereza de sus pies, y la instintiva táctica del prisionero en salvo... El representante de la ley se echó el fusil a la cara. Pero Tiburcio, que sin duda se había encomendado al Niño Jesús, supo desaparecer tras de una roca. Por muy diligentes que fuesen los del tricornio, no habrían de engancharle nuevamente, y el matarle de un tiro no era fácil, por lo abrupto del terreno y el broquel de piedras con que el fugitivo defendía su existencia. Mientras dos de los civiles deliberaban sobre esto, los otros dos vieron con sorpresa y enojo que el Lobato desprendía su mano de la de la vieja, y tomaba carrera por el mismo escenario que fue la salvación de Tiburcio. El pícaro cortó la cuerda con navaja. ¿Cómo pudo ser esto, después del cacheo minucioso que a todos se hizo? Sin entretenerse en descifrar tal enigma, acudieron a la cuerda de Becerro, notando en los dos consortes de este inquietudes reveladoras del ansia de libertad.
Y cuando esto ocurría, Gil y la viejecita, libres ya de la impedimenta del cuatrero, subieron tranquilamente por un senderillo escalonado, y se encontraron en lo alto de la trinchera que dominaba por la derecha el camino real. Desde allí vieron el cadáver de don Quiboro, medio cubierto con su manta, y observaron el trajín de los guardias para contener a los de la traílla de Becerro. No fue iniciativa de Gil el subirse con paso sereno a donde fácilmente podían ser de nuevo aprehendidos. La Madre le llevó con suave tirón de su mano atada, y al llegar arriba le dijo:
—Veremos lo que hacen estos pobres cuadrilleros de la Santa Hermandad, tan sencillotes y puntuales en cumplir lo que les ordena su reglamento. Su deber es cogernos o matarnos. Subamos un poquito más arriba.