Advertida por los guardias la fuga de la vieja y su escudero, con ellos se encararon. Regino les dijo:
—Baja, Florencio, y no nos comprometas. A doña Sancha podríamos dejar en libertad; a ti no, que eres acusado de homicidio.
—Es hijo mío —gritó la Madre con voz cascada—, y los dos correremos la misma suerte. ¿Para qué quiero vivir yo, si a mi hijo matáis, o si vivo le lleváis a la deshonra, abriéndole las puertas del presidio?
—Volved acá. ¿Qué más quisiéramos nosotros que dejaros libres? —gritó Regino, blasonando de riguroso, sin olvidar lo humano—. Si la vieja es tu Madre, cumplirá con Dios haciendo por salvarte. Pero nosotros, máquinas frías de la ley, no podemos encender en nuestros pechos la compasión. Has matado a un hombre. La anciana no ha hecho más que ocultar la rapiña de los leñadores furtivos... Para ella puede haber un poco de lo que llamamos vista gorda; para ti no... Bajad y entregaos.
—Farsante —clamó Gil-Tarsis ronco de ira—. Más culpable que mi Madre y que yo eres tú, que aprovechándote de mis desdichas me has quitado a mi mujer. ¡Y hablas de justicia y de ley, y distingues la vista gorda de la vista flaca! La vista tuya ante mí es de lobo carnicero, porque después de quitarme la mujer que adoro, quieres ocultar tu delito con mi perdición. En Numancia te conocí; en Numancia me engañaste, pues con hipócritas zalamerías me hiciste creer que eres caballero. Caballero fuiste, sin duda, y estás encantado como yo, penando por tus culpas... Al mismo escarmiento y expiación estamos condenados: yo por desórdenes de mi vida, de los que afean, pero no deshonran; tú por delitos contra mi Madre.
—Baja, loco de atar —gritó el de la cara fosca—; baja, y si más que presidio mereces manicomio, a él irás.
—No bajo... Regino, mal hombre, ¿piensas que desconozco la causa de tu condenación, y el pasar de caballero y alta figura militar a simple número de la Guardia civil? Pues encantado fuiste por entregar a una nación extranjera tierras españolas... ¿Te atreves a negarlo?... Vendiste a tu patria, no por dinero, sino por obedecer a los que querían la paz aunque esta fuera bochornosa. Y ahora, el que fácilmente y sin lucha permitió la conquista de una parte de España, ahora también con maniobra fácil a mí me conquista la mujer... Esto es indigno. Contra ti protestarán el cielo y la tierra, y maldito de Dios, y maldito de los hombres, no tendrás en tu vida ni un instante de paz... Y nada más tengo que decirte. Yo criminal, creo deshonrarme hablando contigo.
Como en aquel instante iniciara la Madre un movimiento para seguir cuesta arriba, los guardias les dieron el alto.
—¡Quietos! —gritó el del feo rostro—. Quietos, o disparamos. Güela, ten el juicio que a ese loco le falta. Bajad: os lo mando por tercera y última vez.
No hicieron caso el hijo ni la Madre. Los guardias no podían eludir el cumplimiento de su deber... Los mortíferos fusiles subieron a la altura de los ojos. ¡Brrrum! Dos, tres disparos rasgaron el aire con formidable estampido. La vieja y el caballero se desplomaron... Su caída en tierra fue súbita y blanda, como la de dos cuerpos colgados del cielo por invisibles hilos... que las balas rompieron.