XXIV

Allá van los peregrinos, de tierra en tierra, de río en río.

Consumado el acto de policía impuesto por duro reglamento, advirtieron los guardias en su compañero Regino palidez tan intensa, que más parecía muerto que matador. Demudado de rostro y oprimido el pecho por indecible congoja, difícilmente podía tenerse en pie; y mientras sus camaradas subían a cerciorarse de la muerte de los fugitivos, se sentó junto a la inerte y fenecida humanidad del buen don Quiboro. O se avergonzaba de la flaqueza de su ánimo, o en su mente se agolparon, con violencia congestiva, ideas suscitadas por las terribles imprecaciones de Gil poco antes de caer fusilado. Volvieron del reconocimiento los guardias, y Regino les interrogó sacando débiles voces de su angustiado pecho.

—El mozo está más muerto que mi abuelo —dijo el fosco—. Cabeza y corazón tiene, al parecer, pasados de parte a parte. En la vieja no hemos visto heridas; pero está tiesa y sin respiración. Si no la tocaron las balas, muerta está del susto.

Suspiró Regino. Ocupáronse los cuatro sin demora en apreciar la situación poco airosa de la conducta. Fugados también los leñadores furtivos, solo quedaba en cuerda el gran Becerro, que ni podía escapar, ni aunque pudiera lo intentaría, sometiéndose de buen talante al fuero de policía, por dictado inapelable de su honrada conciencia.

—Señores guardias —les dijo—, aquí me tienen a su disposición para cuanto gusten mandarme. Mis consortes de cuerda huyeron validos del descuido y confusión que se produjo por la muerte de este olvidado patricio, que de Dios goce. Yo no huyo, y aunque voy preso tan solo por la delincuencia levísima de haberme apropiado dos cebollas, movido del hambre furiosa, respeto las leyes y voy a donde quieran llevarme, que por malo que sea el lugar de mi destino, siempre será mejor que la nada del desamparo en que me veo. Átenme si quieren; mas yo aseguro a los dignos caballeros de la Santa Hermandad que no será preciso, pues no he de hacer nada por la Libertad, que esta, ¡vive Dios! ha de dar paso a su hermana mayor la Justicia.

Aunque los de la Benemérita fiaban en la sumisión del esmirriado Becerro, no quisieron perderle de vista, y colocándole sentadito junto al cadáver de don Quiboro, a guisa de guardián o asistente religioso para encomendarle el alma, procedieron a la ejecución de lo que el reglamento en aquel singular caso les imponía. En espera del primer transeúnte que les ofreciese la casualidad, redactaron el parte que habían de dirigir al Juzgado municipal del pueblo más cercano, para que viniese a recoger los tres muertos de aquella infeliz jornada. Acertó a pasar el primero un mocetón con dos borricos cargados de tejas; se le detuvo, y encargado fue de llevar el mensaje. Inmediatamente comenzaron a extender el atestado que habían de formar, y de la redacción de este, así como del parte, se encargó Regino, auxiliar de una de las parejas, y el más suelto de letra y estilo para trabajos de oficina. Sacó el guardia papel, tintero y pluma, que a prevención llevan todos en su cartera cuando van en conducciones, y haciendo mesa de su rodilla, escribió cuanto era menester para cumplir el trámite ineludible. «En el kilómetro tal y tal, el detenido tal y tal sufrió un accidente; se le prestaron los auxilios tales y cuales... quedando, al parecer, difunto... Y en la confusión que sobrevino, los detenidos tales y cuales se escaparon por un terreno en que era imposible perseguirlos; y otra pareja de presos, joven él y anciana ella, conocidos por tal y cual... intentaron la fuga, siendo acometidos por accidentes de que les sobrevino muerte natural, etcétera, etcétera...»

Un buen rato invirtieron en esto los buenos guardias, y en tanto, transeúntes diversos se detenían movidos de lástima y curiosidad en el lugar de la tragedia, llegando a formarse un atasco de gente que obligó a los civiles a ordenar el despejo.

—Ea, paisanos: sigan su camino, que aquí no se les ha perdido nada. Ya hemos dado el parte, y esperamos que venga el Juzgado municipal, con la tardanza de tres leguas largas que suponen el aviso para ir y el juez para venir. Hagan el favor de retirarse cada cual por donde le llaman sus obligaciones, que aquí no nos hace falta público... Adelante o atrás todo el mundo.

Unió a estas exhortaciones la suya muy autorizada el gran Becerro, diciendo a los mirones: