—Obedezcan a los señores guardias, y despejen. Este que aquí veis, anciano difunto, es un venerable profesor de las escuelas del Reino... vida cansada, heroica... Ha muerto andando... Por lo que a mí toca, si entre ustedes hay alguno de los que llaman reporter, y me pide informes personales para su periódico, direle que voy preso por haber cogido dos cebollas con el fin de alimentarme, pues no llevaba conmigo más que un poco de pan seco. Pensaba yo que los frutos de la tierra han sido dados a la Humanidad para su sustento... Y sepan asimismo que me vi en tan cruel necesidad porque unas meretrices desenvueltas y unos mancebos desvergonzados me aliviaron de mi dinero... Y nada más tengo que decirles... Señores, buenas tardes... Adiós... Gracias.

Las tres leguas largas del aviso que va y del Juzgado que viene, se alargaron por la natural pereza de estas diligencias de la policía de caminos, y se pasó la tarde y vino la noche en la propia situación descrita. También los dos cuerpos tendidos en la parte de monte, más arriba de la trinchera, tuvieron su poco de público, homenaje de la curiosidad compasiva. Los mirones pegajosos dejaron caer sobre las víctimas de aquella tragedia la opinión concluyente de que el mozo y la vieja, el uno ensangrentado, la otra seca y rígida, estaban ya poco menos que putrefactos. Se les debía dar tierra en el propio suelo donde yacían. Ocioso es decir que los guardias ahuyentaron el enjambre fisgón, que en cien caseríos a la redonda había de esparcir el zumbido de opiniones diversas acerca de la justicia en despoblado.

Como se ha dicho, declinó el día con perezosa tristeza sobre los vivos y muertos que en aquel punto esperaban la llegada de un funcionario judicial, y al día sustituyó la noche en la guardia o centinela de lo muerto y lo vivo, apoderándose de todo con dulce tutela melancólica. Ya pestañeaban en el cielo, queriendo lanzar su brillo, las tímidas estrellas de Casiopea; ya el grupito gracioso de las Pléyades subía tras de Perseo y delante del Toro, de ardiente mirar, cuando la vieja, estrella terrestre, a quien unos llamaban Madre, otros doña María, y los menos avisados doña Sancha o doña Berenguela, empezó a pestañear también como las del cielo, queriendo esparcir su soberano brillo sobre el mundo... Dicen historias fidedignas que se incorporó sin desperezarse, y algún cronista consigna el desperezo como dato preciso. Sin dar importancia a este detalle, el narrador afirma que la Madre tocó el cuerpo exánime de su encantado hijo, diciéndole:

—Gil, ¿estás muerto?

Y añade que el caballero Tarsis, sin moverse, respondió:

—En verdad no sé si soy difunto... o si de mi defunción quiere salir una nueva vida. Te aseguro que roto mi cráneo como una hucha de barro, las monedas, digo, los sesos salieron a tomar el aire... Pero a mi parecer, han vuelto a meterse en su casa o madriguera, y la herida me duele tan poco, que si me pasaras por ella tu dedo mojado en tu saliva, creo que no me dolería nada.

—Sí haré —dijo la Madre, aplicándole la medicina por él propuesta—. Abre los ojos, si ya no los tienes abiertos... ¿Ves? ¿Me ves a mí y a estos matojos que nos rodean?

—No he cerrado los ojos desde que nos fusilaron, y aguantándome inmóvil he visto a la gente novelera que vino a cantarnos el funeral de su lástima, diciendo que estábamos ya en descomposición. Yo me lo creí, y hasta llegué a sentir las cosquillas que me hacían los gusanos corriendo por toda mi carne, y dedicándose a comerme sin ningún respeto.

—¿Podrías tú ponerte en pie? Pruébalo.

—Pues sí que puedo —respondió Gil, moviendo piernas y brazos para tomar la postura de cuatropea—. Lo que temo es que si me levanto, nos vean los guardias.