—No te ven. ¿Has notado que cae sobre este suelo, en gran espacio, una densa oscuridad?
—Lo he notado... Nada se ve fuera de un radio de tres varas... Sí: veo unas luces que vienen por arriba, como hachas encendidas que oscilan y tiemblan al paso de las personas que las llevan.
—Son hachones, sí —dijo la Madre—; son los cirios de los frailes Recoletos que vienen a sepultarme a mí... y a ti, como es consiguiente. No hagas caso de esto, y dejemos que nos entierren...
—¿Vivos?
—No, hijo... Ellos nos entierran y nosotros nos vamos.
—¿Cómo he de entender tal dislate, si no me concedes siquiera un destello de tu ciencia divina?
—No discutas, no caviles, no ahondes en el vago misterio, sobre el cual yo misma no podría darte razones que lo aclaren. Cógete a esta falda mía, toda fango y desgarrones, y ven, ven...
—¿No temes que nos vean los guardias y nos fusilen otra vez?
—No se fijan en nosotros. Desde aquí los veo descuidados de los muertos, y atentos a si viene o no viene el juez municipal a sacarles de este atolladero?
—¿Y el gran Becerro qué hace?