XXV
Cuéntase lo que le pasó al caballero en la redoma de peces, con otros raros sucesos y visiones.
Con arranque de obediente fe se arrojó el caballero tras de la Madre, y nadó un rato, luchando con la corriente... La distancia entre ambos nadadores se alargó al poco rato. La Madre ondeaba gallardamente sobre las aguas, metiéndose y sacándose con airosos meneos de pez o de sirena... De pronto, Gil fue acometido de terror... La corriente le envolvía; perdió la serenidad. Viendo a la Madre vencedora de las inquietas aguas, cerca ya de la otra orilla, se tuvo por abandonado. Quiso retroceder, con la esperanza de agarrarse a unas ramas de sauce que colgaban no lejos del punto en que él se arrojara... ¡Horrible momento! No podía nadar en ninguna dirección. Llamando a su garganta toda la energía que le quedaba, gritó:
—Madre, Madre, me ahogo... Sálvame...
Pero la nereida iba ya lejos... Estaba de Dios, o de la Madre, que Asur, hijo del Victorioso, no pereciese en el río, pues cuando mayor era su apuro, vio venir un deforme bulto y oyó voces de aliento. El bulto que hacia él navegaba era un barquichuelo, más bien balsa o chalana. En ella iban dos hombres o monstruos marinos, que dirigían la embarcación con una pértiga que apoyaban en el fondo.
—¡Eh, caballero! —gritó una voz marinera—: aguántese, que allá vamos.
Cuentan las historias conservadas en el archivo de los Franciscanos Descalzos de Ocaña, que Asur fue sacado del Tajo con un aparato de pesca que llaman butrón... y que la chalana le transportó a la orilla izquierda, donde fue arrojado como cuerpo exánime, y puesto boca abajo, echó por esta considerable cantidad de agua. Hiciéronse cargo de él unos hombres vestidos de túnicas rojas, que le llevaron a cuestas por tierra cenagosa, hasta llegar a una casa que en su ingreso parecía de labor, más adentro vivienda suntuosa de un rico hacendado campesino. Por de pronto, metiéronle en un aposento donde había chimenea o cocina, bien provista de lumbre que alimentaban troncos y raíces de olivo. Frente a esta pusieron a Gil, que al dulce calor volvió de su asfixia; y despojado de sus ropas viejas que se podían torcer, y fuertemente sacudido de estrujones y friegas, le vistieron de nuevo con prendas interiores finísimas. Luego le calentaron por dentro con un vino blanco manchego que resucitaba a los difuntos, y el hombre se encontró en la plenitud y goce de su ser. Llegó al colmo su sorpresa cuando los benéficos hombres, que más bien parecían fantasmas, le endilgaron una roja túnica de damasco como la que ellos gastaban... Los tragos de vino desataron en Gil la locuacidad. Preguntó dónde estaba, y por qué le vestían con aquel elegante ropón colorado. Pero los graves sujetos no le respondieron palabra. Una sonrisa y el dedo en la boca eran, sin duda, el lenguaje usual y corriente en aquella morada del buen callar.
Hallábase, pues, el asendereado caballero en una nueva esfera de la vida de encantamiento, que de las anteriores se distinguía por la mudanza de las formas de rusticidad y pobreza en formas de elegante pulcritud. Un rato tardó en hacerse cargo de su indumentaria. De medio cuerpo abajo, su empaque era calzón corto, media negra de seda, zapato de charol con trabilla, al uso de clérigo presumido; en el cuerpo, camisa de vuelillos y chaqueta de terciopelo con haldetas; sobre todo esto, la túnica roja sujeta a la cintura con faja del mismo color. Apenas hubo terminado de reconocer su atavío, los silenciosos compañeros, vestidos como él, le guiaron por señas hacia otras estancias amuebladas con ricos bargueños, tapices, credencias y otras lindas antiguallas, que vagamente se distinguían a la tímida luz de arcaicos velones.
Llegaron a un ancho comedor, con mesa dispuesta para magnífica cena de veinte o más cubiertos. En la cabecera estaba sentada la Madre, ya restituida en su soberana belleza y majestad. Quedó Gil pasmado de verla, y no pudo contener las demostraciones de su respeto y admiración. La dama, risueña, le impuso silencio llevándose el dedo a la boca. Vestía túnica blanca de finísima tela con pliegues estatuarios; adornaba su seno con frescas rosas coloradas y amarillas; sus cabellos, recogidos con suprema elegancia, conservaban la nítida blancura, y su rostro, de infinita belleza y gracia, era la imagen de la dignidad concertada con dulce y afable alegría.
Sentose Gil en el sitio que le indicaron. Tres comensales había entre él y la izquierda de la Madre. A la derecha de esta se sentaba un caballero anciano, de faz noble y escuálida, de barba gris puntiaguda, tipo tan exacto del Greco, que por un instante se dudaría si era real o pintado. Su vestido en nada se diferenciaba del de los demás. La mayor rareza de aquel recinto era que los comensales y los que servían la mesa llevaban el mismo uniforme, ya descrito, de la roja sotana. En aquel palacio del silencio no había criados ni señores. Todos, fuera de la soberana Madre, eran lo mismo. Tan solo el prócer de macilenta faz ostentaba cierto aire de indefinible principalía. Recordando el cuadro del Greco, Gil le bautizó con el nombre de Conde de Orgaz.