La cena de que participó el caballero fue de la más genuina culinaria española: especiosos guisos, estofados y pepitorias; frutas, miel entre hojuelas, suplicaciones y cañutillos; vinos de Esquivias y Yepes. A la Madre asistían dos servidores colocados tras ella: el uno era copero; el otro le mudaba las viandas, y al terminar le sirvió el aguamanil. Advirtió Asur cierta modernización en el estilo de comer. Hacía los platos, en la cola de la mesa, un maestresala que poseía la virtud de adivinar la porción correspondiente al gusto y apetito de cada uno. Como allí todo era contrario al orden natural de las cosas, los comensales no hablaban, ni los cuchillos y tenedores de plata hacían ruido alguno sobre la finísima porcelana de los platos... Acabose al fin el mágico banquete, que Gil diputó como aparato dispuesto por el sabio Merlín o por los mismos demonios.
Sin cháchara de sobremesa ni nada parecido, levantose la Madre, a todos hizo afable reverencia, y se retiró por la puerta más próxima, cuyo tapiz levantó el fantasma copero. Siguiola el Conde de Orgaz, y otros que algo se asemejaban a creaciones del Greco por sus místicos rostros... Desaparecida la Señora, se descompuso el comedor, hundiose la mesa, voló la vajilla, extinguiéronse las luces, y los rojos duendes se iban filtrando por las paredes sin decir Jesús ni buenas noches.
Desconsolado y tristísimo quedó el buen Gil viendo que la Madre partía sin decirle tan siquiera por ahí te pudras, hijo... Las interesantes crónicas de Ocaña no entran en pormenores de cómo pasó el caballero la noche, ni de sus atontados pasos en aquel laberinto. Solo consignan que durmió en cama limpia y blanda, y que al siguiente día salió de su estancia vestido con el propio uniforme que le endilgaron al sacarle del río. En el comedor encontró abundante desayuno, y dos, tres o cuatro compañeros de cautiverio que le hablaron con el puro lenguaje de los ojos. A fuerza de aplicación, iba penetrando los secretos de aquel extraño idioma... Ya comprendía los signos elementales... pronto podría dar y recibir la expresión de las ideas más comunes... acabaría por dominar la mágica sintaxis hasta sostener una conversación larga y sutil.
Reconoció después el edificio, que era extensísimo, todo en planta baja, y de estructura circular. Corriendo de sala en sala, se volvía en veinte minutos al punto de partida. No se conocían allí las escaleras, no se encontraba un solo peldaño. Los pasos no producían ningún rumor sobre un suelo en que los baldosines lustrosos eran como blanda y muda felpa... Andando, andando, salió el caballero a un jardín, cuyo piso enteramente plano estaba exactamente al nivel del de las habitaciones. Las plantas de aquel jardín parecían de cristal, y sus lindas flores no exhalaban ni el más leve aroma. Ningún airecillo las acariciaba. El ambiente era quieto y callado, de una opacidad semejante al vapor de agua. Los términos lejanos se perdían en la pesada atmósfera de agua y leche mezcladas. No había sol... La luz que alumbraba el jardín y la casa era luz pasada por invisibles cedazos de agua. También el jardín era circular, rodeando la casa. Lo limitaba, por la parte contraria a esta, una lisa pared de esmerilada substancia dura. Pensó Gil que aquel mágico recinto radicaba en las honduras del Tajo, o era reproducción del que visitó don Quijote al descender a la cueva de Montesinos.
Por entre los floridos arbustos del jardín vio Gil algunos compañeros duendes, que aburridos vagaban sin formar grupos ni hablar unos con otros. «O esto es una redoma de peces —se dijo— y yo uno de tantos pececillos colorados, o he descendido a un limbo de cartujos pisciformes, erigido en aguas del Leteo.» Buscando alivio a su fastidio inmenso, volvió del jardín a la casa, y recorriendo a la ventura las habitaciones, pensaba que tal vez habría en alguna de ellas biblioteca donde los peces pudieran engañar el pausado tiempo con lecturas amenas. Vio trípticos, tapices, papeleras; libros no parecían en parte alguna. Divagando fue a dar en una estancia recogida y misteriosa situada en el centro del edificio, donde lucían armaduras en maniquíes, panoplias bien surtidas de espadas y pistolones; y cuando examinaba con ojos de aristócrata estas riquezas, resbalaron sus miradas hacia un espejo, en el cual le sorprendieron resplandores extraños, seguidos de un ir y venir de sombras o sombrajos que en la superficie del cristal se movían. La distraída atención del caballero quedó presa en aquel fenómeno, con la idea de que el espejo no reflejaba lo externo, sino que a su cristal traía luces e imágenes de su propia interioridad mágica... Estando en estas dudas o sospechas, advirtió que de las oscilaciones de luz y sombra se determinaba una figura, y mirando, mirando, toda el alma en los ojos, llegó a ver tan claro como la misma realidad el rostro de Cintia.
Prorrumpió Gil en gritos de alegría llamando a su mujer, cual si estuviera en la estancia próxima. En el cristal plantó sus dos manos creyéndolo puerta vidriera que podía ceder al impulso. Pronto se hizo cargo de que se hallaba en presencia de un fenómeno igual al de la casa de Becerro en Madrid.
—¿Eres tú, mi Cintia —le dijo—; tú en persona, o eres pintura mentirosa con que estos duendes rojos quieren burlarme?
—Yo soy —replicó ella con divina sonrisa, mostrando en completa claridad su persona de medio cuerpo arriba—. No esperabas que nos viéramos. Yo, sí. Hace días que me lo decía el corazón. No sé cómo puede ser el que nos veamos... y que hablemos... Misterio es que penetraremos algún día.
Y él exclamó:
—Por tu vida, Cintia, dime dónde estás, si lo sabes. Yo te juro que no sé dónde estoy.