A lo que ella respondió con franca risa:

—Anoche, antes de dormirme, te vi dentro de una redoma de peces. Eras un lindo pececillo rojo, y nadabas airosamente entre otros del mismo color.

—Pues no veías más que la verdad; que si esto no es una pecera, es cosa muy parecida. Para mí, que vivo en una encantada mansión en las profundidades del Tajo. ¿Ves la funda colorada que me han puesto?

—Ya te veo, sí: estás muy guapo; y a mí, ¿me ves con mi vestidito de percal y este delantal tan majo que me he hecho yo misma?

—Eres un sol de hermosura, Cintia de mi vida. Todas las diosas del Olimpo son caricaturas comparadas contigo. Siento una pena horrible por no poder abrazarte y darte mil besos. Pero no me has dicho... ¿Estás en Sigüenza?

—Sí, hijo mío: ¿dónde querías que estuviese? Vivo, y vivo muy bien con la madre de Regino, en el Colegio de San Antonio. Por cierto, Gil, que debo desengañarte... Con pocas palabras limpiaré tu corazón de rencores injustos. Atiende a lo que te digo: Regino es un caballero. Créelo ciegamente... De su madre ¿qué puedo decirte? Cuantos elogios de ella hiciera yo no llegarían a lo cierto. Vivo en completa tranquilidad, sin otra pena que tu ausencia. El cariño y el respeto de todos me hacen llevadera esta situación, que espero ver pronto terminada. Si en los primeros días me molestó un poquito el enfadoso don Ramiro Gaitón, Regino supo espantarle gallardamente, y el importuno señor ya no me manda recados ni cartitas.

—¡Ay, Cintia del alma! ¡qué consuelo me das con lo que acabas de decirme! No es consuelo tan solo: la vida me has dado. Creo en ti como en Dios, y no necesito saber más para devolver a Regino mi estimación. Otra cosa: vives tranquila y sin enojos; pero sobre tu alma pesará el tiempo: tendrás días de plomo, horas de mortal fastidio...

—Así es, marido mío. Últimamente he combatido el tedio gracias a unos cuantos niños de esta vecindad, con los cuales he formado una escuelita, la más meritoria distracción que pudiera imaginar. Visitas no vienen aquí, ni yo las admito. Pero de algunos días acá tengo un entretenimiento y una compañía que son muy de mi agrado. Vas a verlo, Gil. No quiero dilatar más la sorpresa que pensaba darte.

Diciendo esto miró al suelo la linda mujer, y en el mismo instante saltó a su brazo, y del brazo al hombro, un vivaracho animalejo. Era la ardilla de Cíbico.

—Mira, niña; mira al cristal: ¿no ves a Gil? —díjole Cintia acariciándole el rabo.