Fijose el animal, y viendo lo que se le señalaba, hizo con las patitas delanteras y el hocico unas muecas y garatusas muy monas, saludo al amigo no visto en tanto tiempo.
Contestó Gil con risas y bromas cariñosas a la salutación de la bestezuela, y luego quiso saber cómo había venido a tales manos. La historia no podía ser más sencilla. Disputábanse una tarde dos monjitas del Convento de Almazán sobre cuál tenía más derecho a jugar con la ardilla. Una quiso arrebatarla tirándole de una pata; otra la cogió por el pescuezo, y en esta porfía, el atormentado animalito mordió a una de ellas en un dedo y le hizo sangre. Puso el grito en el cielo la monja herida; alborotose la comunidad, dividiéndose en dos bandos clamorosos, y para poner fin al escándalo, la madre Priora determinó cortar por lo sano, regalando el cuerpo de discordia a un canónigo de Sigüenza que aquel día fue a predicarles un sermón. Cargó el reverendo con el bicho, y al regresar a su pueblo obsequió con él a una señora rica y beata, de cuyas manos pasó a las de la madre de Regino. Los biógrafos de Cíbico refieren que la tal dama santurrona, doña Ángela Conejo, hermana de don León Conejo, escribano en Molina de Aragón, tenía parentesco con Bartolo, y estaba al corriente de sus locos afanes en busca de la preciosa niña. De aquí vino el depositarla en el Colegio de San Antonio, mientras parecía Corre-corre, a su vez perdido en la divagación mercantil por Brihuega o Cifuentes.
Contó Cintia estas menudencias a su marido, el cual se holgó mucho de oírlas. Después de esto, propuso Gil a su mujer que aproximaran sus caras al cristal, por una parte y otra, para besarse cuanto quisieran. Pero intentado el contacto, no pudo realizarse porque el espejo era un medio de comunicación telepática extraño a la física que conocemos y gozamos en nuestra limitada ciencia. Cuando aproximaban al cristal sus amantes bocas, las imágenes se desvanecían. Maldijeron ambos la insuficiente virtud del sortilegio, y como Cintia manifestase, dolorida, que a su fin tocaba la conferencia (sabíalo por la íntima voz del alma, que en aquellas vegadas era la inspiración de todos sus pensamientos), no quiso Gil que las imágenes se borraran sin hacer a la de Cintia esta advertencia importante:
—Si Regino, si cualquiera otra persona te dijese que me han fusilado, no lo creas. Vivo estoy, alma mía. Me pasaron por las armas... pero como si no... ¿No lo entiendes? Yo tampoco... Ya te lo explicaré. ¡Ay, cuándo acabará esta vida prisionera, esta vida de purgatorio, desencajada de la vida común!
—Ya se acerca el fin, ya está próximo el resucitar... —murmuró la bella mujer, apagándose.
¡Preciosa luz, cuyos últimos destellos eran sonrisas! Extinguida ya la imagen, aún sonreía en la profunda oscuridad.
XXVI
Del encuentro que tuvo Asur con otro aristócrata, y de lo que hablaron por señas previniendo su desencanto.
Consolado quedó el caballero con la visión de Cintia; pero su alma seguía tropezando en las tristezas que bordan el camino de la esperanza... El resto de aquel día y los siguientes, con sus larguísimas noches, pasó divagando en salas desiertas, o en el jardín de cristalinas flores sin aroma. Entre los fantasmas, duendes o pececillos que eran sus aburridos consortes en el fluvial presidio esmerilado, distinguió a unos cuantos, que a menudo se producían en el mudo lenguaje mímico piscilógico. Y entre estos pocos, se singularizó uno que le inspiraba simpatía cariñosa, y era más expresivo y más inteligible que los demás. Aconteció que a los tantos o cuántos días (la cifra de días se ignora), le tuvo ya por amigo, y entreteniéndose ambos en el ejercicio de muecas, ojeadas y garatusas, empezó el cautivo a iniciarse en el parloteo redomil: de allí a la posesión del tal idioma no había ya más que un paso. Con entender al amigo y poder contestarle repitiendo los signos que fácilmente se asimilaba, la vida del caballero fue menos ingrata y sus horas menos soporíferas.
Llegaron a entablar larguísimas conversaciones, que el narrador se ve obligado a reproducir, sin responder de su exactitud, por ser este caso el más inverosímil y maravilloso de las aventuras del encantado Tarsis. Sin dudar de la veracidad del reverendo franciscano descalzo que nos ha transmitido aquellos interesantes coloquios, es deber del narrador señalar el sin igual prodigio de que con signos o pucheros de la boca, guiños de los ojos y algún meneo de las manos, se expresen hechos y abstracciones que aun con todos los recursos del lenguaje oral, no habrían de exteriorizarse fácilmente. Pero como ello cae debajo de la desconocida ley de encantamiento o hechicería, forzoso será cerrar los ojos y tragarlo todo, sin reparar en que pase por el gaznate alguna ruedecilla de molino.