Lo primero que hizo entender a Gil el amigo y compañero de tediosa esclavitud, fue que aquel recinto del quietismo acuático era comúnmente la postrera etapa o estación del vía-crucis correccional. Bien baqueteados llegaban allí los penitentes, con las voluntades bien sacudidas y las entendederas abiertas a la razón. Allí se les daba la última pasadita, el barniz que llamaban cura del silencio, soberano remedio que atajaba el flujo de las palabras ociosas.
La estancia en aquel Limbo solía durar dos o tres años, y una vez cursada la asignatura del buen callar, salían ya los caballeros en disposición de volver al mundo. Protestó Asur con airado gesto de la duración de aquel lento suplicio; pero el amigo no tardó en tranquilizarle, diciéndole que en la pecera sin ruido las leyes del tiempo se regían por cómputos y divisiones distintas de las del mundo. Lo que en este se llama un día, en la pecera era un mes lunario.
—De modo —añadió el informante—, que si tú, pongo por caso, te duermes esta noche a las ocho en punto y despiertas a la misma hora de mañana, puedes decir que has dormido veintisiete días, siete horas, cuarenta y tres minutos y once segundos y medio.
Abriendo en todo su grandor ojos y boca, expresó Gil su admiración y alegría. Y no era para menos, pues contados de aquel modo, dos años en la pecera equivalían a veintiséis días solares. Más extraordinario que esto era que tan complicada explicación se diese haciendo morritos con los labios, enseñando ahora los dientes, ahora la lengua, y agregando como elemento prosódico el punteado de las manos. No era lícito emplear el alfabeto digital de sordomudos, ni podrían hacerlo los pececillos aunque quisieran, pues al entrar en la redoma desconocían absolutamente las letras, así por lo gráfico como por lo mímico... En una segunda conversación, paseando entre arbustos de cristal, el amigo se excedió en la confianza.
—Parece mentira —dijo con rapidísimas contracciones de boca y nariz— que no me hayas conocido. Yo te conocí desde que entraste en la redoma. Mírame bien, Carlos de Tarsis. ¿No te acuerdas de Pepe Azlor, Duque de Ribagorza? (Gran dilatación de boca fue el signo de inteligencia del caballero Asur.)
—Yo fui encantado antes que tú —prosiguió el pececillo— por desatinos y aberraciones que ahora no son del caso... Yo he corrido como tú; yo he rodado como piedra que arrastran los ríos, y de tanto correr y rodar, mi ser anguloso y cortante se ha pulimentado... Ya estoy bien redondito... Como en nuestro cautiverio andante se nos permite y aun se nos recomienda el amor que vigoriza nuestras almas, yo... Antes te diré que me han tenido largo tiempo en la galería más honda y más negra de una mina de carbón... Justo castigo a mi perversa frivolidad... Hacinados como reses dormíamos los trabajadores en una cuadra próxima a la mina, y en aquellos horrendos lugares conocí a una linda muchacha, vendedora de aguardiente. Me enamoré de ella, y he aquí que vivimos felices... y... En fin, que mi Cloris será, y no me pesa, Duquesa de Ribagorza. Y ahora, dejo a un lado mis cosas y voy a las tuyas, que de ellas tengo conocimiento por hallarme casi en el punto de extinción de mi condena. Entre paréntesis, querido Tarsis, yo saldré mañana... Sigo contándote, y dispensa mis digresiones... Tú te enamoraste de una maestra de escuela: la seguiste, la robaste, y en libre ayuntamiento con ella estuviste unos días... Desde aquellos días al presente ha pasado un año...
No pudo contenerse Asur, hijo del Victorioso, y con boca y nariz, ayudado de las flexibles manos, soltó este donoso parlamento:
—Anoche vi a mi mujer en un espejo que tenemos en la sala de armaduras. No habló conmigo como la primera y segunda vez que nos vimos. No hacía más que reír y reír del modo más gracioso. Llevaba en brazos un niño chiquitín.
Y el otro le dijo:
—Tu mujer te ha dado descendencia, como a mí la mía. Eso nos encontraremos al volver al mundo...