Viéndole caviloso y mohíno, le llevó al rincón más apartado del jardín, para recatarse de los vagantes compañeros, y a solas cambiaron las declaraciones más íntimas.

—Ya te lo he dicho: salgo mañana —murmuró Azlor, que en la suma discreción no empleaba otro lenguaje que el de los ojos.

Y Gil replicó angustiado:

—¿Pero hasta cuándo ¡por vida de Merlín! me tendrá la Madre en este presidio bobo? ¿Has hablado tú con ella?

—Sí —significó el otro—. Soy su pariente en décimo grado por la rama de Aragón. Las confianzas que tiene conmigo no las tiene con nadie... Aquí se nos presentó anoche. Yo dormía. Me despertó un ruido de catarata... Salté, salí... Encontré a mi Señora en este mismo sitio donde ahora estamos... Con interés vivo me preguntó por ti... contome lo del alumbramiento de tu mujer, a quien tiene en grande estimación por su talento y virtudes... Luego hacia ti resbaló la conversación... Dice que eres de buen natural, con el grave defecto de arrebatarte fácilmente. Te dará de alta cuando la cura del silencio te haya secado la vena del decir ocioso. Yo abogué por ti... Vaciló nuestra Señora... Por fin, cediendo a mis ruegos, diome licencia para llevarte mañana conmigo...

—¡Mañana!... ¡salgo mañana de esta redoma! —exclamó Gil, si exclamar es abrir la boca extremando la elasticidad de los labios—. Tanta dicha me trastorna, querido Azlor... No podré contener las ganas de alzar el grito, de cantar un himno a la libertad...

—¡Silencio... por los clavos de Cristo, silencio! Sigue mi ejemplo, querido Tarsis. Ya ves que soy muy callado.

—Ya lo veo.

—Condición precisa impuesta por la Madre: saldrás conmigo si poniendo un punto en tu boca demuestras haber ganado borla de doctor en la Facultad del buen callar... A esta triste morada vienen los que por hablar demasiado ahogaron en océanos de palabras la voluntad y el pensamiento de la vida hispánica. Casi todos los que ves aquí son oradores... Hablaron mucho y no hicieron nada. Maestros son algunos de la palabra altísona, fascinadores públicos, que con la magia de su arte y la diversidad de sus retóricas convirtieron la torre de la elocuencia en torre de Babel... Y el más notado de nuestros compañeros, ese que llamas el Conde de Orgaz, tres veces fue dado de alta, y otras tantas volvió acá, por reincidencia en el vicio que le devora. No es propiamente orador, sino hablador. Su elocuencia consiste en despotricar con gracia y facundia, refiriendo vida y milagros de cuantas damas y caballeros hay en la Corte, y aderezando su maledicencia con chistes sangrientos y reticencias traperas. Entiendo yo que ese no se curará jamás. Por su vejez en cierto modo gloriosa en el ciclo picaresco de nuestra raza, es el único a quien se concede aquí el uso de los naipes. Se pasa los días sinódicos, que son meses, haciendo solitarios...

—No quisiera verme en tan duros castigos —dijo Tarsis—; y para que me saquen pronto de aquí, y no vuelvan a traerme, pondré en mi boca cuantos puntos y puntadas sean menester... Da pena ver a estos que fueron habladores convertidos en pececillos, sin otra señal de vida que el ondear perenne en las curvas del cristal, sin otro lenguaje que el abrir y cerrar de bocas, como un signo confesional de la religión del bostezo... Ya rabio por salir... Dime cómo se sale y cómo cambiamos de ropa, pues con este empaque pisciforme no podríamos volver al mundo sin que nos apedrearan.