—Salgamos, sí, del árido pensar que nos vulgariza. Tu tía nos ha enseñado la ciencia compendiosa del vivir patrio. Hagamos honor a sus lecciones. Seamos hombres, no muñecos de resortes gastados.
Hablando así, llegaron a la casa de Tarsis, donde este se quedó, mientras el amigo a la suya, no lejos de allí, se encaminaba. Quedaron en reunirse de nuevo a las ocho para comer en el Viejo Club, desde donde se irían tranquilamente al palacio de Ruy-Díaz. En su vivienda entró Asur, hijo del Victorioso, y supo disimular su emoción, afectando ante la servidumbre la frialdad de los actos corrientes, y el donoso ajuste del hoy con el ayer. Todo lo encontró tal como lo dejara en una fecha remota, cuya distancia en los renglones del tiempo no podía precisar... Algunas cartas vio en la mesa de su despacho, y entre ellas una que le hizo el efecto de un tiro... hay tiros de júbilo. En el sobre reconoció la fina, correcta y elegante letra de la maestra de párvulos de Calatañazor. Con garra de león rasgó el sobre; con ojos ávidos leyó lo siguiente:
«Caballero Tarsis: ya sé que está usted libre, y que ha dejado en las orillas del Tajo su fingida personalidad de salmonete para recobrar su verdadero ser y estado social. Mi enhorabuena. Yo también he soltado en el claro Henares mi rusticidad y pobreza; ya me han traído a lo que fui, bien corregida de mi orgullo, y del desprecio con que miré a los que no poseían caudales como los que por herencia, no por trabajo, poseo yo... Al venir de mis galeras no he venido sola. He tenido un hallazgo precioso que quiero mostrar al caballero Asur, hijo del Victorioso. Quien sigue los pasos de Asur me ha dicho a dónde va esta noche. Allí me encontrará y hablaremos. Se ríe en las barbas de usted su amiga, la desdeñosa americana, — Cintia.»
Fulgurante de alegría Tarsis exclamó:
—Madrid mío, ¡qué bello eres! Dentro de un rato me darás la compensación de las horribles noches de Sigüenza y Pitarque.
A las diez dadas, entraban Azlor y Tarsis en el palacio de la Duquesa de Ruy-Díaz, morada tan espléndida como artística; todo era allí rico sin chillería, de suprema distinción, en el tono justo de la verdadera elegancia. La Duquesa, ya bien entrada en la madurez de la vida, perfecto tipo de la modestia señoril, recibía y obsequiaba a sus amistades con gracia exquisita y afable naturalidad. No lejos de ella, la Duquesa de Mío Cid contaba en un grupo de señoras las peripecias de sus últimos viajes por abandonadas tierras de nuestra España, y las picardías y desafueros de unos gigantes malignos que llaman Gaitanes, Gaitines y Gaitones... Vio Tarsis muchedumbre de damas elegantes, las unas bonitas y jóvenes, las otras de mediana edad, bien compuestas y restauradas de rostro y talle; vio caballeros de distintas cataduras, esbeltos, gordos, esmirriados, profundamente serios o superficialmente festivos.
A los más fue saludando Tarsis con frase afectuosa de etiqueta corriente. Su imaginación exaltada reprodujo en algunas figuras otras de muy distinta esfera que había visto y tratado en su azarosa vida penitencial. Una de las damas era propiamente la Usebia de Aldehuela de Pedralba, adobada la belleza campesina con blanquetes cortesanos, enmendado el talle bárbaro con cincha de ballenas. El prurito de las semejanzas llevó a Tarsis al delirio. Entre los caballeros vio la procerosa estampa de don Alquiborontifosio rediviva en la figura de un académico melenudo y cegato. Observando aquella gente, sin sentir hacia ella menosprecio ni aversión, llegó a posesionarse de la síntesis social, y a ver claramente el fin de armonía compendiosa entre todas las ramas del árbol de la patria.
Explorando con avidez la muchedumbre, el caballero distinguió a Cintia en un grupo lejano, rodeada de lindas jóvenes y galancetes empalagosos. Si aún fuera lícito aplicar a esta verídica narración los fenómenos de picaresca hechicería, podría decirse que Tarsis vio la celestial risa de su amada antes de ver su rostro. Pero estas licencias hiperbólicas no cuelan ya. La vio; fue hacia ella en momento propicio para un discreto coloquio. La selecta concurrencia se agolpaba con cierto desorden en el Salón de Música, donde un famoso pianista extranjero, de copiosa pelambre y maravillosos dedos, había de idealizar la reunión con sonatas clásicas. El caballero español y la gentil americana lograron situarse juntos en un rincón distante del Pleyel. Las teclas del admirable instrumento y las manos del virtuoso eran trama y urdimbre del sublime tejido musical en que se prendía y enganchaba la sutil atención de todos los presentes.
Gran psicólogo es Beethoven y portavoz ecualitario del humano dolor, exhalado de las almas humildes como de las que se tienen por linajudas... Abandonando sus oídos a la onda musical, y dejándolos que en ella se anegaran, Cintia y su caballero a un tiempo tocaban y oían la música de sus almas. Sin molestar a los circunstantes hallaron modo de secretear cuanto quisieron, y de comunicarse con susurro pianísimo.
—Ya sabía yo —dijo él— que al volver usted de las galeras, no ha venido sola.