—Caballero Tarsis —replicó Cintia sofocando su risa con graciosos morritos—, ¿cómo se atreve usted a ofender mi delicadeza ... mi pudor, mejor dicho, hablándome de un asunto que debiera confundirme... que debiera avergonzarme?
—Antes que me lo indicara en su carta, sabía yo que se ha traído usted un precioso chiquitín.
—Bueno, bueno... dejo a un lado el rubor; recobro mi sana franqueza; declaro que es cierto lo de la criatura, y que ella es mi felicidad...
—Seamos ambos sinceros, como nos lo ha enseñado nuestra Madre, y tú por tú, hablémonos como en las dichosas horas del parador de Atienza. Pareció la ardilla del gran Cíbico; ha parecido también la verdad que buscábamos, y la culminante verdad no puede ser otra que el amor nuestro... nacido antes del encantadijo, alentado con fuego pasional en los días de penitencia y expiación... en la Dehesa de Ágreda, en Numancia gloriosa, en Calatañazor de triste memoria, en...
—Basta, caballero Tarsis... —dijo Cintia contraída en dulce seriedad—. Pues hemos vuelto a la vida normal, cesen las bromas. Sin reírme, digo que el niñito lo tuve de un mozarrón muy bruto que trabajaba en la cantera de Ágreda... Fui su mujer en cuantito me sacó del cautiverio de los Gaitines.
—Pues el bruto soy yo. Me llamo Gil.
—Y yo soy Pascuala. Nuestro chiquitín parece que viene muy listo. Pronto le enseñaré yo a decir che, i, ene: chin.
—Nació en Sigüenza... Debemos gratitud a la madre de Regino...
—Ella fue la madrina.
—¿Qué nombre le pusiste?