—Héspero, en memoria de nuestra Madre.
—Muy bien. ¿Has visto a la Madre? Aquí está.
—La vi... Hablamos un momento. Me dio un recadito para ti... Que me quieras mucho... que velará por nosotros. ¿Y tú, has visto a tu pariente Torralba de Sisones?
—Sí: nos hemos saludado. Yo me digo: ¿por qué a la Madre benéfica no se le ha ocurrido encantar a ese idiota?
—Los perversos y los tontos rematados no son susceptibles de encantamiento. La Madre impone su corrección a los hijos bien dotados de inteligencia, y que sufren de pereza mental o de relajación de la voluntad. En la naturaleza corregida de estos elementos útiles, espera cimentar la paz y el bienestar de sus reinos futuros.
—Bendita sea mil veces.
—Otra cosa tengo que decirte... ¿Sabes que mi tío Borjabad, aquel gaznápiro que fue mi arráez en las galeras, encontró al fin la mina que buscaba?
—¿De veras?
—Espérate un poco. El hombre ajondaba, como decía Cíbico, y ajondando llegó hasta la capa terrestre de mi patria, Colombia. La mina era de plata, y apareció en mis dominios. Soy ahora más rica que antes.. Tú, según dice la Madre, eres más pobre. ¿Pero qué nos importa? Nuestros bienes son comunes, y entre nosotros no puede haber ya tuyo y mío... Haremos grandes cosas, ¿verdad?
—Desecaremos las lagunas de Boñices, y sobre la pobre aldea edificaremos una gran ciudad.