—Gracias, Asur —dijo el sabio sin tomar el dinero—. ¿Para qué te has molestado? El oro, la plata y los billetes, han llegado a serme indiferentes. Sabrás que ya no como... Todo es cuestión de acostumbrarse, de hacerse a no comer. Es una educación como otra cualquiera. Algún trabajo me ha costado adquirir este supremo hábito del perpetuo ayuno, de la emancipación del alma... ¿Sabes ya que me ocupo del Marqués de Villena, primer apóstol de las ciencias físicas en España, y precursor de esa otra ciencia que nos enseña las leyes y fenómenos del universo suprasensible?

Quedaron suspensos los dos amigos, mirándose uno a otro. Tarsis rompió el silencio, diciendo:

—De ese Marqués de Villena se cuenta que era algo así como brujo, hechicero.

A lo que respondió José Augusto que tales denominaciones aplicadas por el vulgo son el reconocimiento que las almas inocentes hacen de las verdades no comprendidas... Pero antes de meterse en tan laberíntico terreno, Becerro dio conocimiento a su amigo de lo que ya tenía escrito de su magna obra, a saber: la condición y alcurnia del de Villena, su historia completa desde el nacimiento, su boda con doña María de Albornoz, sus desavenencias matrimoniales, el repudio de doña María, las locas ambiciones del prócer por obtener el maestrazgo de Santiago, su saber de humanista, de astrólogo, de químico; su figura, en fin, achaparrada, y su habla enfática y pedantesca... El amigo, con tan hábil pintura, acabó por conocerle como si le hubiera visto y tratado. Callaron de nuevo, y Tarsis, que anhelaba lo extraordinario y maravilloso, único alivio de su agobiada voluntad y solaz de su abatido entendimiento, llevó la conversación al terreno de las mágicas artes, que a su parecer, opinando como el vulgo, están relacionadas con la malicia y sutileza de Lucifer. Los hombres le estomagaban; anhelaba trato y conocimiento con los demonios.

Por toda respuesta, el sabio mostró a Tarsis un montón de librotes y le dijo:

—Aquí tengo los autores españoles y extranjeros que tratan de magia y artes hechiceras, libros de tanta amenidad, que yo me los he leído cuatro veces de cabo a rabo, y aún he de gozar por quinta vez de tan entretenida y sabia lectura. Cógelos, apúralos hoja tras hoja, y pasarás ratos, horas, días, semanas y meses deliciosos.

Agradeció Carlos el obsequio, y se abstuvo de meter sus ojos en aquel zarzal. Con prodigiosa memoria y sin abrir los mamotretos, Becerro le hizo cuento y noticia de ellos, a saber: Andrés Cesalpino, Jacobo Sprengero, Juan Niderio, Abad Gunfridus, que escribieron en latín, y don Sebastián de Covarrubias, definidor castellano del hechizo; el Padre Martín del Río, y el historiador Gonzalo Fernández de Oviedo, que refiere los artilugios maléficos de los indios.

Lo que mayormente colmaba el asombro de Tarsis era que, hallándose Becerro en absoluto ayuno, tuviese la lengua tan destrabada y el cerebro tan listo para verbalizar las ideas. Hablaba como una taravilla, con dicción clara y aliento fácil. Dudoso el caballero de la efectividad de tal prodigio, le interrogó de nuevo.

—No sé ya lo que es comer —dijo Augusto con sequedad de palabra y de intelecto—. Tan olvidado tengo el comer, que ya no sé cómo se come. Serías feliz como yo lo soy, querido Carlos, si llegaras a este perfecto estado, que trae, entre otros beneficios, el de la abolición radical de la economía política y otras ciencias vanas inventadas por los glotones.

—He olvidado preguntarte por tus hermanas —dijo el de Mudarra, apurando su investigación—. ¿Dónde están esas nobles señoras?