—No podrás verlas, Carlos —replicó el sabio llevándose la mano a la frente para quitarse unas telarañas—. Viven y mueren en su grande elemento... No entiendes esto, ni lo entenderás mientras permanezcas en el estado de comercio mundial, o sea de ignorancia.
Tales desvaríos despertaron más la curiosidad del visitante, que, sin decir nada al amigo, emprendió una inspección ocular por toda la casa, en busca de la explicación del misterio. Recorrió aposentos, rincones y pasillos, hallando en unos enormes fajos polvorosos de papeles impresos y manuscritos, en otros sillas y trebejos inútiles. En una estancia con estructura de cocina, no vio carbones, ni ceniza, ni aun señales de que se hubiera encendido lumbre en mucho tiempo; no vio pucheros ni cacharros, ni más que fragmentos de loza, utensilios rotos. Como sintiera el tembliqueo de los baldosines, indicio del paso de alguna persona, se fue tras el sonidillo, creyendo encontrar a quien le había franqueado la puerta; pero ni sombra ni rastro de persona vio por parte alguna.
Después de vagar un buen rato volvió a encontrarse en la sala, donde Becerro continuaba tal como le dejara, atento al papel en que escribía con firme pulso y sin levantar mano. No se detuvo allí el curioso, que ansiaba explorar la otra parte de la casa, y por una puertecilla que cerca de la mesa del nigromante se abría, pasó a un gabinete mejor apañado y dispuesto que lo demás de la vivienda. En él vio la cama sin sábanas, doblados por la mitad los colchones. Algo de inveterado y permanente en el doblez de los colchones revelaba que si el señor de la casa no comía, tampoco dormía... Fijose Tarsis en dos cuadros y dos tablas de escuela flamenca, representando escenas religiosas con fondo de arquitectura y paisaje; y siguiendo su observación de izquierda a derecha, dio con sus miradas en un hermoso espejo con negro marco... Allí fue su estupor, allí su pasmo y sobrecogimiento.
Por un rato no dio el caballero crédito a sus ojos: se acercaba, retrocedía. Mas el cristal, que era de una limpidez asombrosa, no copiaba la imagen frente a él colocada. En vez de verse a sí mismo, Tarsis vio en el cristal, como asomándose a él, la propia y exacta imagen de la damita sud-americana, de quien estaba ciegamente enamorado. Mirole ella gozosa y risueña, mostrándose en la faceta más sugestiva y brillante de su hermosura, que era la dulce alegría. La suspensión del ánimo no fue tal que el caballero dejara de romper el silencio.
—Cintia —exclamó casi pegando su rostro al cristal, sin que por esta proximidad se acercara también el de la linda bogotana—, Cintia, ¿eres tú de verdad, o eres pintura, artificio de la luz en el vidrio, por obra del discípulo de Lucifer que vive en esta casa?
—Soy yo, Carlos de Tarsis. ¿Verdad que es gracioso vernos aquí? Yo no ceso de reírme...
—Sácame de esta horrible duda, Cintia. ¿Es esto una casa encantada?
—Encantada no. Yo estoy en mi casa. Acabo de levantarme.
—¿En tu casa de Madrid?
—No, tonto: estoy en París. Ayer compré este espejo en casa de un anticuario. Hoy, verás... me dan ganas de mirarme en él, y... ¡qué sorpresa, qué gracia, qué chiste tan modernista! Cuando creía ver mi cara en el espejo, veo la tuya.