—Esto me aterra, Cintia.

—A mí no. ¿Sabes, Carlos, que aquí me encontré con unas amigas argentinas muy simpáticas? No sabíamos qué hacer y nos hemos puesto a estudiar eso que llaman ciencias ocultas. Es divertidísimo, puedes creerlo. Tenemos una profesora que se llama Madame de Circe, y un adjunto chiquitín, Monsieur de Tiresias, que adivina cuanto hay que adivinar. Por las noches nos dan sesiones deliciosas en que oímos ruido de platos por el techo, y roce de manos que pasan arrebatando los objetos. Créelo: nos divertimos la mar.

—Mientras te oigo, hermosa Cintia —dijo Tarsis, abrumado de tristeza—, pienso que me he muerto, y que estoy vagando en el inmenso tedio de la inmortalidad, como astilla flotante en el océano.

—Vivir y morir todo viene a ser lo mismo —replicó Cintia, mostrando la doble carrera de sus lindísimos dientes al desplegar los labios en franca risa—. Ha sido para mí una suerte muy grande verte ahora, cuando creía que ya no te vería más, Carlos. ¿Es esto milagro, es esto hechicería? Sea lo que fuere, yo me alegro de poder decirte que no me he casado.

—¡Cintia!

—Que no me he casado con el diplomático. ¿Cómo quieres que te lo diga? Reñimos hace quince días por una simpleza... Un poco tarde, pero a tiempo aún, vine a conocer que no le quería. Es un cuco, un egoísta como todos... Vienen al olor de una rica dote...

—Cintia, tu riqueza te da derecho a despreciarnos. Quisiera que fueses un poco menos severa conmigo.

—Sí que lo seré... pero ahora, caballero Tarsis, no puedo entretenerme más... ¿Qué, qué ibas a decirme? He visto en tus labios una palabra que se ha retirado antes de sonar.

—Iba a decirte que nunca te vi tan bella como ahora te veo.

—¡Qué tonto! Estaré horrorosa. ¡Hace un rato que salí del baño! Me envolví en este ropón, y me acerqué al espejo para mirarme.