Aunque oprimía la vestimenta contra su busto para taparlo bien, aún exageró el movimiento pudoroso hasta no dejar ver más que la cabeza. El galán la contemplaba embelesado. La visión dijo:
—Me parece, caballero Tarsis, que ya es hora de que te deje en paz... Retírate tú también por tu lado...
Se alejó sin volver la espalda, hasta quedar en término lejano; hizo con la mano un gracioso saludo, y desapareció como luz extinguida por un soplo.
V
Siguen los prodigiosos y disparatados fenómenos, hasta determinar lo que es final y principio.
Abalanzose don Carlos de Tarsis al espejo, y puestos en él manos y rostro, se aseguró de que era cristal y no un hueco por donde pudieran verse estancias vecinas. Luego salió con paso y andar de borracho, tropezando en los muebles y agarrándose a cuanto encontraba, hasta llegar a la próxima sala, donde permanecía, como alma trasunta en papeles, el erudito endemoniado; y viendo una silla frente a la mesa en que aquel trabajaba, dejose caer en ella, soltando la voz a estas angustiadas razones:
—Tu casa está encantada, o tú eres un demonio con figura de Augusto Becerro.
Sin inmutarse, suspendiendo del papel la pluma, el embrujado amigo le respondió:
—No aceleres tu juicio, ni apliques dicterios infernales a este estado de felicidad perfecta. No interrumpas mis estudios, que ahora estoy en las apreturas de demostrar que el Rey Sabio don Alfonso X fue precursor de mi don Enrique de Villena, pues en su Libro de los juegos de ajedrez, dados et tablas dice que no se puede jugar bien al ajedrez sin saber de astrología. Lo mismo siente y declara el Maestre de Santiago en su Libro de Aojamiento y Fascinología, y ello concuerda... Verás.
Dijo esto tomando del rimero de la izquierda un gordo y mugriento librote, que abrió por un punto marcado.