—Verás: este es el famosísimo y fundamental libro de Encantamentos, escrito por el propio Merlín en lengua bretona, y traducido al italiano por Messer Zorzí...

—Déjame: tu erudición me produce horrible cefalalgia —dijo el prócer haciendo almohada de sus brazos sobre la mesa para descansar en ella la cabeza.

Impávido siguió el otro:

—Autores de más crédito, como el desconocido español que compuso El Baladro de Merlín, sienten y aseguran que este no nació de ayuntamiento del diablo con doncella bretona, sino que un ángel le dio la existencia. No el trato con demonios, sino el estudio de la astrología, le dio su saber profundo de cuanto se refiere al destino del alma, y al estado de encantamiento y beatitud de las criaturas... Te diré que baladro es como decir alarido o voz espantosa, porque el gran Merlín, padre de la verdadera ciencia, fue encantado por su mujer, digamos manceba, llamada Bibiana, la cual volvió contra él la virtud o maleficio de un amuleto poderoso. De mujer no se podía esperar cosa buena. Quedó Merlín preso para siempre en la espesura de un bosque de Inglaterra, donde aún está, y cuanto se ha hecho para encontrarle ha sido inútil. Desde la profundidad de su encantamiento lanza de vez en cuando unos baladros o bramidos que se oyen a mil leguas a la redonda y hacen temblar toda la tierra.

—Déjame, calla: eres un torbellino de disparates —murmuró el descendiente de Japhet, hijo de Noé, agarrándose el cráneo como para sujetar la razón que se le escapaba.

Sintió, al decir esto, un retemblido profundo como terremoto. El sacudimiento del suelo se transmitió a libros y papeles, que por un instante se movieron y saltaron. Oyó luego cerca de sí un retintín metálico. Eran los duros que había dejado sobre la mesa, y que iniciaron un ligero movimiento de baile. Al caballero le pesaba la cabeza como si fuese de plomo. Con vigoroso esfuerzo se levantó gritando:

—Dime por dónde salgo de esta cueva... ¿Dónde está la salida? Ábrete, laberinto...

Dio algunas vueltas por la estancia palpando el aire, y no pudiendo con su propio cuerpo, que requería la horizontal, fue a caer en una especie de banco acolchonado, diván o canapé, situado entre ventana y balcón. Allí quedó tendido, tieso y sin conocimiento; y aunque el pelote del relleno era duro y desigual, el noble marqués no se movió en largas horas.

En el tiempo que estuvo exánime, Asur, hijo del Victorioso fue a su casa y volvió de ella, lo cual no quiere decir que se moviera, sino que el espíritu, arrastrando a la que llaman vil materia, o tal vez solo, voló a su vivienda lejana, que era en lo alto del barrio de Salamanca. Desflorando calles, se aproximó a la suya, y a medida que se acercaba, una fuerza irresistible le cortaba la andadura, llamándole hacia atrás para que obedeciese a su voluntad, esclava y presa en la encantada mansión del sabio. A pesar de los tirones que hacia atrás le daban manos invisibles, Tarsis tuvo la sensación de entrar en su casa, que era grande y hermosa, bien dispuesta para morada de un rico. Con excepción de algunos cuadros y bronces de gran valor, que había tenido que vender, conservaba el rico ajuar que fue de sus padres. Llegó el hombre a su dormitorio, y después de contemplar con amoroso embeleso el retrato de Cintia que en marco de hierro nielado allí tenía, se acostó, quedándose profundamente dormido sin soñar cosa alguna, como no fuera una ligera visión de Bibiana, la querindanga de Merlín... Al despertar se vio en el camastro o divanastro de la morada becerril, y el dolor de sus huesos le dijo que había estado largo tiempo sobre aquellos pelotes duros, y en el suplicio de los gastados muelles, que al menor movimiento gemían, clavándose en las carnes.

Don Carlos dejó allí día y encontró noche, que le pareció muy avanzada. La caverna papirácea, sin otra luz que la de una bombilla eléctrica colgante sobre la mesa en que trabajaba el hechicero, era más triste de noche que de tarde. Dijérase que los innumerables libracos que por el día trataban de cosas divertidas y amenas, por la noche llenaban sus páginas de sucesos fúnebres y trágicos. Tarsis dio suelta a sus ideas para que libre y perezosamente se extendiesen con vuelo bajo, posándose donde quisieran, y este abandono de la disciplina mental le llevó a un dulce estado de inconsciencia melancólica.