Miró el buen señor su reloj y lo encontró parado. Al poco rato, sin saber la hora, sintió el tin-tin de los ladrillos mal sentados o rotos. Alguien andaba por los adentros de la casa; el ruidillo aumentaba; no eran una ni dos personas las que acusaron su presencia con el leve pisar en los baldosines musicantes... el tin-tin se acercaba, y por fin entró en la sala. El caballero apreció el paso de seres invisibles, como si entraran por la puerta de un lado y salieran por la del otro. Alguno pasó muy cerca de él, casi rozando con el diván. Por un momento pudo creer Tarsis que el ser aéreo se sentaba a su lado... Con movimiento instintivo, con calofrío y temor, se incorporó.

Mediano rato duraron las carreras de una parte a otra de la casa, y durante este inocente juego no visto, notó el caballero que algunos libros y papeles saltaron de las mesas, y fueron a caer en mitad de la estancia. Siguió ruido de palmoteo que andaba por el aire cerca del techo. El ruido pasó a un aposento que no debía de estar lejano, y con el cual no se veía comunicación abierta; y de allí, confundido con las palmadas, vino repiqueteo de crótalos. Estos sonaban apagados y sin vibración, como si el choque de la madera se ablandara en manos de trapo. El ritmo era extraño, absurdo. Tarsis no le encontró adaptación a ninguna danza conocida. Y al son de los crótalos con sordina y de manos algodonadas, trepidaba todo el suelo de la casa. Becerro proseguía inmóvil, como un santo doctor de los que están en los altares, la pluma en la mano, los ojos fijos en un infolio abierto por la mitad.

Contemplando la embalsamada figura de su amigo, el Marqués de Mudarra trató de confortarse, requiriendo la normalidad. Pensaba que todo aquel aparato ultrasensible, la visión de Cintia y el ruido de bailoteo de espíritus, podía ser una farsa, obra de la física recreativa, o de algún maestro en ilusionismo y prestidigitación. Afirmándose en esta idea, se levantó con ánimo de dar un papirotazo en la cabeza del fingido hechicero; pero apenas puso los pies en el suelo, estalló en los aires un trueno formidable, y casi al mismo tiempo, con diferencia de segundos, otro más rimbombante en lo hondo de la tierra, y la casa se abrió y desbarató cual si fuera de bizcocho. Desapareció el techo, dejando ver un cielo estrellado; las paredes se abrieron, los libros transformáronse en árboles, y don José Augusto saltó de su asiento por encima de la mesa, convertido en un perrillo cabezudo y rabilargo. Hallose Tarsis en un suelo de césped, rodeado de robustas encinas, sin rastro de casas ni edificación alguna. De la sorpresa y susto por tan maravilloso cambio de escena, trató de recobrarse el caballero diciendo: «Sigue la farsa. Ahora tenemos una mutación de teatro hecha por habilísimos maquinistas y escenógrafos.»

No le dejó completar su pensamiento la súbita presencia de un tropel de muchachas, lo menos cincuenta, guapísimas, vestidas tan a la ligera, que no llevaban más que un fresco avío de lampazos, con que cubrían lo que la honestidad quiere y ha querido siempre que se cubra. Piernas y brazos trazaban en el aire, con ritmo alegre, airosas curvas y piruetas. Eran, más que ninfas, amazonas membrudas, fuertes, ágiles, los rostros hermosísimos y atezados. Traza tenían de mujeronas de raza y edad primitivas, heroicas. Su aventajada talla y la solidez de su estructura muscular no consentían imitación por medios teatrales. Ni con actrices ni con escogida comparsería podían los taumaturgos de la escena presentar espectáculo semejante, por lo cual Tarsis abandonó el concepto de lo real para volverse al de lo maravilloso... Las ninfas hombrunas rompieron a coro en un grito salvaje, ijujú, que retumbó en los senos de la selva. Y conforme gritaban se partieron en dos alas, dejando en medio un ancho camino para que por él pasara, con porte de reina, una esbelta matrona que salió de la espesura de las encinas.

Tarsis quedó embelesado, y no se hartaba de mirar y admirar la excelsa figura, que por su andar majestuoso, su nobilísimo ademán, su luengo y severo traje oscuro, sin ningún arrequive, más parecía diosa que mujer. Era su rostro hermoso y grave, pasado ya de la juventud a una madurez lozana; los cabellos blancos, la boca bien rasgueada y risueña. Pensó Carlos que aquel rostro y aquel empaque de principal señora, no le eran desconocidos. ¿Habíala visto en algún salón de la alta sociedad de Madrid? Tal vez. No pudo darse cuenta de nada más, y la idea de que la dama veraneaba en aquellos selváticos parajes, cruzó por su mente como un relámpago... ¿Y quién demonios eran las danzantes morenas de libres piernas y arqueados brazos? El buen Tarsis no tenía idea de la naturaleza y origen de estas raras visiones. Nunca vio en la realidad figuras de tan robusta belleza. Estatuaria de carne y hueso como aquella, no se usaba ya en la humanidad. Cuando esto pensaba, dos o más de las mujeronas o dríadas fornidas se apoderaron del pobre caballero, cogiéndole de una y otra mano, y zarandeándole le llevaron consigo, cantando, entre risas y en lengua de él no comprendida, himnos alegres. En esto, Tarsis vio de espaldas a la matrona, que seguía con grave lentitud su camino. Tras ella iba Becerro, convertido, no ya en perrillo, sino en perrazo de tan lucida talla, que mirándolo bien se advertía que era león de tomo y lomo, un poco anciano ya y algo raído de melena, dando a entender su larga domesticidad... Miró al amigo y agitó su tiesa cola con bizarra señal de simpatía.

Sudoroso y sofocado seguía el prócer a las mujeres, que en fuerza y agilidad le superaban más de lo que él quisiera. Poniéndoles cara risueña y tratando de acomodar su flojedad pulmonar al incansable vigor de ellas, les dijo:

—Ninfas, zagalas, señoritas, amazonas, o lo que sean, ¿tendrán la bondad de decirme si estoy encantado?

Y ellas le contestaron con vocerío de júbilo y burlas, y con el sonoro ijujú, que lo decía todo... Siguieron, y como él se rindiera, lleváronle largo trecho en volandas, a retaguardia de la fantástica procesión... Al llegar a una meseta despejada de arboleda alta, donde se deprimía bruscamente el suelo por la izquierda, arrancando en ladera que hacia profundos barrancos descendía, las juguetonas ninfas hombrunas se divirtieron zarandeando a don Carlos de Tarsis, entre gozosos ijujúes y ajijíes, y después de balancearle como a un pelele, le lanzaron con ímpetu por la pendiente abajo.

¡Ay, caballero de mi alma, qué será de ti en ese rodar hacia la desconocida hondura! Válgante tus buenas obras para salvarte, que algunas ha de haber entre tus innúmeros pecados; favorézcate Dios con que no caigas sobre peñascales duros, sino sobre retamas tiernas o tomillos olorosos, o disponga que en sus brazos te reciba una grácil hada de blanco y blando seno.

VI