Donde verdaderamente empiezan las verdaderas e inverosímiles andanzas del caballero encantado.
Se sabe que Tarsis, hallándose vivo y sano muchos días después de lo narrado, tenía por dormitorio un pajar erigido sobre el establo en que diversos animales pasaban la noche. Hecho a nueva vida sin notorio aprendizaje, se despertaba al alba, sacudía y estiraba sus miembros, se vestía, y al instante prestaba su ayuda al amo, dando pienso a las bestias y unciendo la yunta para el trabajo... Se sabe también que en aquel primer período de su encanto, el caballero había perdido toda noción de su primitiva personalidad, por un embotamiento absoluto de la memoria. Tan solo recordaba los hechos próximos al estado presente; su nueva conciencia embrionaria los completaba con vagas y equívocas impresiones de una edad anterior a la villana condición que encantado tenía.
En esta baja existencia, el caballero se llamaba Gil, nombre que en su sentir había tenido desde la cuna, y se hallaba dotado de gran fuerza muscular. De sus supuestos padres, que padres había de tener, vivos o difuntos, nada o poco sabía, ni de ello se curaba. La subconciencia o conciencia elemental estaba en él como escondida y agazapada en lo recóndito del ser, hasta que el curso de la vida la descubriera y alentara de nuevo. Así lo dicen los estudiosos que examinan estas cosas enrevesadas de la física y la psiquis, y así lo reproduce el narrador sin meterse a discernir lo cierto de lo dudoso.
Andaban ya de soslayo por la tierra los rayos del sol espantando la neblina, cuando Gil llegaba con su yunta al campo llamado de Algares, extenso barbecho que ya en tiempo oportuno había sido alzado, y en mayo recibía la segunda labor, a la que dicen binar. Iba con él el amo, de quien se hablará luego. Quería ver cómo acometía el mozo faena tan larga y dura, y calcular por el aire que llevara si podría terminarla en dos mañanas cumplidas. Ya en el punto del primer surco, marcado por la labor de alzar, metió Gil la reja, azuzó la yunta con un sóo cariñoso, y empuñada la esteva con vigorosa mano, empezó a trazar el surco, llevándolo tan derecho, que por regla sobre un papel no se trazara mejor.
—Vas bien, Gil —le dijo el amo viéndole llegar de la primera vuelta—. Haz por labrar hoy hasta la olmeda, y lo demás quedará para mañana. Yo me voy a ver cómo está lo de Tordehita, que quedó encharcado con las aguas del sábado, y luego me subo al Toral para decirle a Ginio que esta tarde me lleve las ovejas a Nafría, donde a la cuenta que tenemos mejor pasto. Adiós, y no te tumbes cuando yo me vaya.
Diciéndolo se fue, y su figura escueta se perdió en la planicie solitaria, a trechos verde, a trechos amarilla.
Quedó Gil solo arando, sin más compañía que la del sol, que a la ida le caldeaba las espaldas, y a la vuelta le bailaba delante de los ojos. Con toda su voluntad puesta en el puño y este en la esteva, regía con inflexible derechura la labor. Trazados seis surcos, descansó para su almuerzo, que fue breve y frugal. Junto al arranque del primer surco tenía su chaqueta, el barrilillo de agua, el saco de su comida, y otro con el pienso de las vacas; custodiaba estos avíos un perro de la casa llamado Moro, que no se movía de su guardia. Perro y gañán frente a frente, en amor y compaña, comieron de un trozo de pan con torreznos que les había puesto en el morral la señá Usebia. A entrambos les supo a gloria por lo avanzado de la mañana, y después volvió el uno a coger la esteva, y el otro quedó guardando la chaqueta y costales. Toda la mañana transcurrió en esta guisa, el can dormitando, el mozo haciendo rayas con el arado, labor harto penosa, la más primitiva y elemental que realiza el hombre sobre la tierra, obra que por su antigüedad, y por ser como maestra y norma de los demás esfuerzos humanos, tiene algo de religiosa.
Sudaba Gil la gota gorda, y todos los músculos de su cuerpo contribuían con su tensión a la faena sagrada. De la misma fatiga sacaba mayor esfuerzo. No desmayaba; que sobre las flaquezas del cuerpo resplandecía en el alma el sentimiento de la obligación. Gil era fiel pagador del pan que ganaba, y daba su energía por su sustento. De la ruda tarea no tenía más testigos que el cielo que le miraba, el perro dormitante y los pájaros que se adueñaban de aquellos anchos aires. Las maricas vocingleras venían a merodear con aleteo y brinquitos en los surcos recién abiertos; las abubillas se llamaban de olmo a olmo con tres golpes, y bandadas de chovas o grajos volaban con solemnidad procesional del llano a la sierra o de la sierra al llano.
Terminada la media huebra que el amo le asignara, Gil retirose con su yunta, sus talegos y el perro, y a la casa llegó antes que el amo, que andaba en la inspección de sembrados y majadas. Preguntole el ama si había hecho la media huebra, y dada la respuesta afirmativa sin jactancia, procedió a quitar el arado; luego desligó de los cuernos de las vacas las coyundas que sujetaban el yugo, separó este, y los benéficos animales se fueron a su establo requiriendo con sus húmedos hocicos el pienso. El de la familia tardaría un poco más, porque el amo no parecía; salió el hijo a un altozano, orilla de la casa, de donde oteaba el sendero por donde había de recalar el padre. Usebia, en el portal, cortaba de un pan las rebanadas para la sopa, y Gil, servido el pienso al ganado, fue a servir a la cochina y sus crías, cuyo cubil allí se llama corte, y les regaló con mondaduras de patatas envueltas en harina de centeno. En esto el chico que estaba de vigía vino a la carrera diciendo:
—Ya viene padre.