Y la señá Usebia, que ya tenía la mesa puesta y el cocido en su punto, se dispuso a calar la sopa.

No se pasa de aquí sin decir que el lugar se llamaba Aldehuela de Pedralba, situado como a legua y media de la caída occidental de la sierra de Guadarrama, y que el amo de Gil era José Caminero, honradísimo trabajador, esclavo del áspero terruño y de la inclemente comarca en que había nacido. Como unos veinte años le llevaba en edad a su mujer Eusebia, todavía en cierto punto de frescura y lozanía. La esposa, con su nativa fortaleza, se defendía de los estragos del trabajo incesante y rudo, mientras el marido, al cabo de cuarenta años o más de tremenda porfía con la tierra, era ya un atleta cansino y derrengado, con todo el vigor recluido en los pensamientos, en la palabra y en la voluntad. Tenían un hijo, a la sazón de diez años, que también se llamaba Pepe, por el afán del padre de perpetuarse, no solo en la tierra, sino en el nombre, avidez de vida durable ya que no eterna. El chico iba a la escuela, donde si un poco le enseñaba el maestro, más le enseñaban los otros chicos, profesores de juegos, enredos y travesuras. En verano, que es tiempo de vacaciones, olvidaban lo poco que aprendieron en invierno (escaso de días por el descuento de fiestas religiosas, patrióticas y palatinas), y la bandada se establecía de sol a sol en los aledaños del pueblo, ejercitándose en la barbarie de coger nidos. Cosechaban además endrinas y moras de zarza en campo libre, y afanaban fruta en terrenos vedados, o bien apedreábanse con rápido manejo de hondas que ellos mismos hacían.

Poseía José Caminero, por herencia, la casa en que vivía, dos huertas y hermoso prado, dos o tres hazas de excelente tierra, en que cosechaba patatas, trigo para el pan de la casa, garbanzos, algarroba. Con esto, y el averío, y el cerdo, y las terneras, vivía pobremente sin ahogos, sin mirar demasiado la cara al día de mañana. Pero a poco de casarse le picó la ambición: queriendo dar mejor empleo a su pericia de labrador, tomó en arrendamiento las tierras de Algares, Tordehita y Tordelepe, que por su miga y anchuras eran buen campo de ilusiones campesinas. Los primeros años no le fue mal; pero luego empezó a cojear el galgo, como decía el pobre Caminero: vinieron, ahora la seca, ahora el pedrisco; se pidió rebaja de la renta, y la subieron; se esperó alivio en la contribución, y la recargó el maldito Gobierno; siguieron los arbitrios para salir del año, los enredos del préstamo y la usura, y así, por fatal gradación, se llegó al desequilibrio de la casa en el tiempo en que Gil entró a servir en ella. Siempre había tenido Caminero dos criados para su labranza; pero aquel año la necesidad de economías le obligó a reducir la servidumbre a un solo mozo, y este de los que llaman agosteros, contratados por pocos meses, que terminaban el día de San Agustín. En esta fecha cobraría Gil su soldada de catorce duros, quedando libre para buscar otro acomodo.

Pues, señor, como se ha dicho, llegó el punto de ponerse a comer. Sentáronse a la mesa, que más bien era banco, cubierto de un mantel de días, Caminero y su hijo, enfrente Gil. Al lado derecho del amo debía comer Eusebia, que en pie hizo el calado de la sopa, vertiendo en la cazuela, sobre las rebanadas de pan, el hirviente caldo. Luego se sentó a comerlas con los demás, soplando todos en la cucharada para enfriar. Después el ama volcó el cocido en la misma cazuela, apartando la carne, y de la cazuela comían todos, que es un comer más familiar y democrático que el usado por gente fina. Siguieron la carne y tocino, que eran engaño para meter en la barriga buena carga de pan. Eusebia cortaba con suma destreza las rebanadas que iba dando a cada uno.

Mientras comían no era la conversación serena y plácida, sino ansiosa y entrecortada de graves aprensiones. Comían como los soldados que a prisa engullen su alimento entre batalla y batalla. Caminero y su mujer, sin mirarse apenas, cambiaban frases recelosas.

—Desmedrado tenemos el trigo, que no granará si no manda Dios agua...

—Yo, por esta rodilla mía derecha, barruntaba ayer agua, y hoy, por el poco de sordera, barrunto secura. Dios nos mire y el cielo nos llore...

—Mujer, sobre tanta calamidad, me paiz que tendremos la tiña del garbanzo...

—Ni en chanza lo digas, José. Eso nos faltaba. Si enferma el garbanzal, ¿año, a dónde vas?...

—Las patatas de Tordelepe piden con necesidad que las aporquemos. No pase de esta tarde. Vámonos todos a remediarlas con la segunda cava.