Todo lo decían Caminero y su mujer. Gil no desplegaba sus labios. De las buenas cualidades del mozo, la que más estimaban sus amos era el silencio. Obedecía, sin chistar, cuantas órdenes se le daban, y jamás ponía comentario ni observación. Por su docilidad y apego al trabajo, los amos le querían... Pues en cuanto comieron se apresuró el mozo a enalbardar la borrica para el ama, y se fueron todos a Tordelepe, cada cual con su azada, y hasta el chico llevó la suya de juguete, y toda la santa tarde estuvieron cavando. La Usebia era una fiera para el trabajo, y doblada de cintura cavaba y arrimaba la tierra que daba gusto. José, tronzado por el violento esfuerzo que su dignidad de labrador le imponía, hizo lo que pudo, y Gil, incansable jayán, remató la labor antes que fuera de noche, con lo que respiraron, limpiándose el sudor, y se volvieron, Usebia en la burra con el chico, y las azadas colgadas de la grupa. No iban alegres, pues cada cual llevaba su afán: la mujer llegar a tiempo de hacer la cena, el hombre, traer a su magín los afanes del día siguiente. No descansaban, no vivían; cada hora, preñada de inquietudes, paría en sus últimos minutos las inquietudes de las horas sucesivas.
A prima noche, encendidas las teas en la cocina y avivada la lumbre, Usebia preparaba un calderón de patatas con briznas de bacalao... Cenaron; el chico se durmió con la cuchara en la mano. Marido y mujer hacían cálculos de lo que podrían reunir para pagar la renta. Usebia, que entre ceja y ceja llevaba el libro de caja, o sea mental aritmética de las monedas sepultadas en el arcón, aseguró que por mucho que estiraran no llegarían a juntar lo preciso. El buen Caminero se rascaba la oreja, sin que del rasquido saliera la solución del problema. Oía Gil estas cosas y callaba, compadecido de sus amos, a quienes daría sus ojos si con los ojos pudieran remediarse...
En previsión de un gravísimo atasco, se acordó llevar al mercado de Pedralba cuanto se pudiese... Como el mercado era en jueves, el martes lo dedicó Gil a terminar la huebra; el miércoles fue al monte por leña, operación que era para él un descanso, pues iba en el carro, cortaba la leña, cargaba, y en ello se le iba todo el día sin gran fatiga muscular. Gustábale la expedición al monte por lo que tenía de paseo, de divagación en ambiente fresco y puro, de hablar con gente que a la ida y a la vuelta encontraba, parloteando en alguna vereda con muchachas bonitas, que le decían burlas y veras graciosas, como rozadura de cardo y olor de tomillos.
Aquel día montó el gañán en el carro con el niño de la casa y otros dos, amiguitos de este, que se pirraban por llevar al monte el programa de sus diabluras. Gil no dio paz al hacha, y cortó carrascas, ramas de fresno y de escaramujo, estepa y jara cuanto pudo; gran cantidad de retama para el horno y de helechos para la cama del ganado. Los chicos con febril actividad le ayudaban, trabajando con hoces y hachuelas de juguete. Con certera pedrada mataron a un pobre conejo, y a palos dieron cuenta de una culebra que no les hacía ningún daño... De vuelta a la casa, al caer de la tarde, se pensó en disponer lo que al siguiente día había de llevarse al mercado. El ama supo atraer a su parecer el del fatigado marido, y ella fue quien organizó y determinó la pacotilla de artículos para la venta por buen dinero. Viéraisla al romper el día montada en su burra, con un saco de trigo a la grupa, alforjas en el arzón, varios líos, uno de ellos con merienda, y ella bien compuesta, con su pañuelo cruzado al pecho, prendido con un vistoso alfiler, y otro, de colorines, liado a la cabeza con el nudo sobre la frente.
A su lado iba Gil, también un poquito aseado. En la mano derecha llevaba el cordel con que sujetaba y conducía tres lechoncitos atados por la pata; en la izquierda, la vara con que a la pollina dirigía, al hombro un saco mediado de garbanzos. Delante, con carrera retozona, iba el perro Moro. Por el camino, que era largo, de más de legua y media, Usebia charlaba de diversos asuntos; el mozo nunca iniciaba la conversación, por ser muy corto y bien mirado. Si ella no enhebraba la palabra, irían todo el camino como dos cartujos. Debe decirse que el ama quería mucho a su sirviente, por las buenas prendas de él, por su talante sufrido y humilde, y porque jamás hizo ascos a las obligaciones por duras que fuesen. Queríale también, mejor dicho, le miraba con buenos ojos, porque era muy guapo, de cuerpo gallardísimo, la cara bien adornada y la boca pulida. Con alma cándida y sin malicia le elogiaba ante las vecinas diciendo:
—Tengo un criado como un pino de oro.
Cuidaba de tenerle la ropa lavada y bien arregladita; reservábale alguna golosina para después de comer, y cuando le veía rendido del trabajo, y no estaban presentes José ni el chiquillo, llamábale a la cocina y le daba un huevo asado en la ceniza, añadiendo maternales consuelos:
—Toma, hijo, que ese cuerpo necesita que le echen un reparo, y dos.
Como se ha dicho, Eusebia planteaba las conversaciones durante el viaje, las cuales solían recaer en lo desabrido que era Gil con las mozas del pueblo, pues otro menos metidijo en sí se habría echado ya cuantas novias quisiera; que si comúnmente hubo tres Giles para una moza, estando él habría diez para un Gil; y todas le habían de querer, y en alguna encontraría holgura para casarse. A esto respondía Gil con respetuosas y discretas razones, diciendo que antes era el ganar que el enamorar, porque hombre sin blanca es despreciado de sí mismo. Huérfano era y arrimado a la pared de una buena casa, y por el pronto no haría más que dar gusto a sus amos y aprender la labranza. Eusebia unas veces asentía con aires de persona sesuda; otras celebraba con risas las sosadas del mancebo, oyéndolas como agudezas y donaires.
Con este inocente parlar llegaron a Pedralba, lugar asentado en una peña flanqueada de murallones, con una sola puerta. Encamináronse a la plaza y cogieron puesto. En otras circunstancias, Eusebia vendía sus frutos y compraba escabeche, azúcar, pimentón, cebollas, alguna herramienta, y una túrdiga de pellejo para hacer las abarcas. Pero en aquella ocasión triste, a casa no se llevaría más que un poco de pimentón y una zafrita con vinagre. Sus garbanzos, su trigo, sus pollos y huevos, sus lechoncitos y demás cosas que llevaba, los cambiaría por dinero contante para llevarle a José una buena ayuda de la renta. Así lo hizo; mas no pudo allegar todo el numerario que quería. El dinero escaseaba. Decidiéndose a vender algunos artículos a desprecio, pudo llevarse algo más de trescientos reales.