Desalentados tomaron el camino de Aldehuela; mas el sentimiento del mal negocio no impidió a la curiosa Usebia tirar de la lengua al criado para que, descuidándose en el hablar, diese a conocer sus intenciones y pensamientos.

—Si tanto callas, Gil —le dijo—, pensaré que estás encantado.

Con esto se avivó la conversación, y el ama se entretuvo en tocar delicadamente diferentes puntos de amor, como relación de mozo con moza, de soltero con viuda, o de casada con mozo libre, que era gran pecado de escandalorio, cosa fea, en verdad, por el mal ejemplo. Contestaba Gil con discreción y juicio. Mas esta conversación y otras que se sucedieron, no merecen referencia por ahora, que noticias de mayor fuste reclaman la atención del narrador.

Pasaron días después de aquel en que fueron al mercado de Pedralba, y al mercado volvieron, y en estos ires y venires iba resurgiendo en el alma de Gil la conciencia de su primitiva personalidad. Era como luz tenue y rosada de Oriente después de noche oscura. Apuntaron primero nociones vagas de anterior vida, atisbos de memoria que remusga y se despereza. En su existencia villana, Gil no sabía leer ni escribir. Un día, estando en Pedralba, vio un letrero de tienda, y lo leyó y se hizo cargo de su sentido; poco después vio en las esquinas un bando del alcalde, y se enteró sin perder sílaba. En el suelo encontró un cacho de periódico, y se recreó en su lectura. Empezaba, pues, el desdoblamiento de las dos figuras, de las dos personalidades, desdoblar lento, que los estudiosos de la psiquis comparan a las primitivas funciones de la vida vegetal. Poco a poco se daba cuenta de que había sido otro, y de que la anterior y la presente naturaleza se reconocían demarcándose, y se aproximaban como procurando la reconciliación. Serían, pues, dos en uno, o un uno doble, y aunque esto no se entienda, fuerza es declararlo así, dándolo por posible, para que lo crea el vulgo y lo acepte con fe ciega y no razonada; que si se admite el imposible del milagro, también se ha de admitir el absurdo del encantamiento, y en ambas formas del misterio habrá que decir: las bromas o pesadas o no darlas.

Sucedió, pues, que por grados llegó Gil a la conciencia de su anterior vida de caballero, y la plenitud del desdoblamiento fue determinada de súbito por un incidente, por una palabra... Hallándose en la cocina, oyó el mozo que sus amos, azorados y medrosos, hablaban del aprieto de sus intereses. A la luz de las teas humeantes, José leyó unos apuntes de su sobado libro de cuentas, y después dijo:

—Aun para el plazo atrasado nos faltan doscientos reales; que para el vencido de antier no tenemos ni con qué empezar.

A lo que replicó Eusebia con impávida resolución:

—No hemos de morir por eso, José. Desentendámonos de don Gaytán, y escribamos mañana mismo al señor de Bálsamo.

Esta palabra, este Bálsamo, fue el golpe o manotazo que acabó de descorrer el velo. Gil vio su interior inundado de luz, y se dijo: «Ya estoy en mí, en el mí de ayer. Soy don Carlos de Tarsis.»

VII