Y Usebia, haciéndose cargo de que no podían dar un no al ricacho camandulero, se violentó terriblemente para contestar:

—Por mí, que se lo lleve.

Y al punto salió a la puerta de la casa para echar fuera un gran suspiro, que se levantó como tempestad dentro de su pecho.

Ajustada la cesión del esclavo, don Gaytán quiso antes de marcharse dar un golpe de vista a las tierras de Tordehita. Como José había de ir a Nafría y Gil al molino, Eusebia tuvo que acompañar al maldito vejestorio, y lo hizo muy a contrapelo por la gran ojeriza que le había tomado. Al volver de la visita campestre, que fue muy del gusto del hidalgo, este bromeó con Eusebia, recordándole el feliz tiempo en que la tuvo de servicio en su casa de Tagarabuena, siendo ella mocita. En tales añoranzas, parose el viejo; palpó con atrevida mano las mejillas y papada de la rústica jamona de buen ver, y con risilla desdentada soltó estos cínicos piropos:

—No pasan años, Usebilla, y aún estás muy lozana, y como quien dice, tentadora de un santo. Si quieres que holguemos un ratico, me hallarás en Nafría de hoy en ocho.

—¡Oxte, que pico... Oxte, que restrego, señor! Déjeme quieta.

—Respingona, párate un poco. Es un proponer. A Nafría puedes ir con el pretexto de llevarme unos pollos... que en buena ley nada harías de más, Eusebia, por el favor que habéis recibido de mí. Ea, no cocees, hija, que se te corre la albarda. Ten entendido que no estoy viejo ni cansado más que de la vista... Tú piénsalo, que de pensar las cosas nada se pierde.

Aceleró Eusebia el paso para zafarse de tal impertinencia y volvieron a la casa, donde don Gaytán montó en su yegua y se fue bendito de Dios. Quedó concertado que Gil se reuniría con su nuevo señor en Nafría, entrada de la sierra, para seguir luego juntos hacia Tagarabuena... La despedida del mozo fue harto triste, porque él había tomado ley a sus amos, y estos le querían, el ama con cariño más hondo y con mayor pena de la despedida, por ser pena y cariño disimulados.

Hallándose Gil en el oscuro establo dando a las vacas el último pienso que de sus manos habían de recibir, llegose a él Eusebia con el propósito manifiesto de llevarle su ropa bien arregladita y el oculto de darle los íntimos adioses. Lo primero fue entregarle, para merienda en el camino, dos huevos asados en la ceniza, escogidos entre los más gordos; un cuarterón de pan, y sobre ello estas tiernas palabras:

—Dos penas tuve contigo: la de no poder quererte a cara levantada, y la de ofender a mi marido, que es un santo. Santo él y yo pecadora, ahora viene el que te nos vayas, dejándonos a José y a mí muy desconsolados: a él, porque te quería para mulo de trabajo; a mí, porque te quiero para animal de mi gusto... Adiós, mi pino de oro; adiós, mi barragán florido...