Al decirlo, echábale Eusebia los brazos y acariciaba los graciosos rizos que ornaban la frente de Gil... Este correspondió a las ternezas del ama, que maldiciendo la ausencia no quería dar por finiquitos sus criminales amores, y así le dijo:
—Si te deja en Tagarabuena ese perro de don Gaytán, irás alguna vez al mercado de Pedralba, y allí nos encontraremos y podremos venir juntos hasta la espesura de los castaños de Algodre, donde loqueábamos sin que nos viera nadie: solo Dios nos veía... y la burra y el Moro.
Gil asentía galanamente a todo, y ella, soltando y secando lágrimas, le despidió con las postreras ternuras:
—Adiós, hijo. Dios te guíe, la Virgen te acompañe y a los dos nos perdone. Tras de ti se me quiere ir el alma. ¡Ay! aquí me quedo penando por no verte y por la perrada que hago a mi José, que cuando el cuco canta él se rasca la cabeza... Adiós mil veces, pedazo de gloria, estrella de tu ama.
Partió Gil atristado, mas con espera de mejor acomodo; que en él renacían vagas ambiciones. Y nunca fue más verdadero el viejo refrán Más mal hay en el aldegüela del que se suena, porque en la vecindad de la Usebia, y en todo el lugar, corría el vientecillo de que despedían al mozo por barraganía, y que cuando José Caminero salía al campo, los pájaros, cantando el cucú, le decían su mal... Llegó Gil a Nafría[*], donde pasó la noche: allí tenía don Gaytán un hato de doscientas cabezas. El nuevo amo partió de mañana, llevando consigo a Gil en un caballejo ropero, y al paso llegaron a Tagarabuena y de allí a Micereses, que es el cruce de la cañada real de Burgos con otros caminos pastoriles por donde los ganados subían a la sierra. El lugar y todo su contorno embelesaron a Gil; que si como tal Gil había visto poco mundo, como Tarsis refrescaba en su memoria las viajatas por Europa, y nada de lo que en ellas gozó igualaba en belleza a lo que miraba entonces. Bien es verdad que según se vean las cosas, así toman mayor o menor relieve en nuestro espíritu. No es lo mismo admirar la naturaleza desde la ventanilla de un tren o desde la terraza de un hotel, que contemplar un trozo de laderas y monte con absoluta libertad de espíritu, sintiéndose el espectador tan bravío y salvaje como lo que contempla, y siendo, en verdad, parte o complemento del paisaje, ser de su ser, pincelada de su pintura, rima y cadencia de su poesía.
[*] Los nombres de senderos y lugares, absolutamente castizos, se emplean aquí con criterio convencional, prescindiendo del rigor geográfico.
Los vellones de niebla que se desgarraban al calentar del sol, iban descubriendo las altas rocas y las mansas colinas, con un juego caprichoso que demostraba el bello desorden y las armónicas irregularidades de la Naturaleza. Por momentos se despejaban las cimas antes que los bajos; por momentos se iluminaba lo próximo mientras se encapuchaban los oteros lejanos. Cuando todo quedó desnudo de vapores, se vio brillar el verde húmedo de las diferentes matas y del intrincado follaje arbóreo que matizaba las pendientes, dejando calvas aquí y allí, o escondiendo el cauce torcido de los regatos que bulliciosos bajaban rezongando entre piedras. Tal era Micereses de Arriba, desde donde Gil veía extenderse hasta lo infinito la llanada de Castilla, inmenso blasón con cuarteles verdes franjeados de bordadura parda, cuarteles de oro con losanges de gules, que eran el rojo de las amapolas. En medio de este campo iluminado de tan nobles colorines, aparecían desperdigados en la lejanía pueblecillos de aspecto terroso con altas y puntiagudas torres, como velas de fantásticos bajeles que navegaban hacia el horizonte.
Comió Gil con los pastores en medio del campo, donde sesteaban otras doscientas o más ovejas, parte pequeña de la riqueza pecuaria de don Gaytán. Con fraternal confianza se sentaron todos en el santo suelo musgoso, formando rueda en torno del cazolón, y con cucharas de palo despacharon el condumio, que por la sazón del aire serrano y del bárbaro apetito, a todos supo a gloria. Luego trincaron, pasándose de uno en otro a la redonda un voluminoso zaque, y a todos les quedó el dejo de una pueril alegría. Y a medida que se aclaraba en el alma de Gil la conciencia de su anterior naturaleza, crecía su gusto de la vida villana, y en esta, más que la ocupación labradora, le agradaba la pastoril, por gozar en ella de absoluta independencia de espíritu.
Al rabadán del hato que allí pastaba conoció Gil en Aldehuela. Sin más que el breve trato y yantar en Micereses de Suso, quedaron muy amigos. Llamábanle Sancho, y era un hombrachón como un castillo, de condición leal y ruda cortesía. Todo fue satisfactorio para Gil-Tarsis en aquel día risueño, porque el amo destinó a Sancho a la mayoralía de otro rebaño más copioso que no tardaría en venir por la Cañada Real a Micereses de Abajo, y con él iría Gil en calidad de zagal de segunda. Al atardecer partieron ambos a pie, y por el camino Sancho iba instruyendo al mozo de sus obligaciones, y dándole una ilustrada conferencia sobre el ordenamiento de los grandes rebaños, que vienen a ser como ejércitos, con su general en jefe, al que obedecen los pastores que rigen los distintos cuerpos o masas ovejunas, con su impedimenta de vituallas y ropa, su vigilancia y guardería de perros, y su arte de campaña para ir por el camino más corto a los prados más suculentos.
Al amanecer de un claro día, hallándose Gil con su amigo en un sitio llamado la Cuernanava, por donde pasa el ancho camino pastoril, vio venir el rebaño grande de Gaytán, o de los Gaytanes (que era cofradía de hijo y padre), el cual desde lejos se anunciaba por el grave son de los zumbos. Delante venía el mayoral con las manos colgadas del palo que sobre los hombros traía, y a un lado marchaban dos enormes carneros barbudos y bien cornados, de cuyos pescuezos pendían los cencerros o campanos zumbantes. Seguía la grey apiñada, balando y apretándose unas reses con otras, como friolentas, pues ya dejado habían la riqueza de sus lanas en los esquileos de Santo Tomé de Nieva. Como un tercio de ellas eran merinas, las demás manchegas. Avanzaban poco, porque en los bordes de la cañada y en la cañada misma encontraban qué comer. Los pastores y zagales acudían a las que salían de filas, trayéndolas con voces y amenaza de palos al apiñado conjunto que ondulaba marchando. Arreciaban los balidos; repicaban los cencerros con belénica armonía rústica de nacimiento del Niño Dios. Los perros diligentes corrían por los flancos de la comunidad restableciendo el orden y trayendo a filas, con ladridos y achuchones, a las ovejas desmandadas. En el centro del lanoso cotarro andante, se destacaba el caballo ropero cargado de morrales, en que traían el repuesto de aceite, vinagre y sal, que llaman cundido, el corto dinero para sus gastos, las sartenes y cazolones para sus comidas. Era un animal selvático y paciente, todo crinoso y peludo, contento de su suerte y servidor fiel de la cuadrilla, hombres y cuatropea.