Llegó la grey a un sitio llamado Sesmo de Trogeda, donde se cruzan la Real de Burgos con la Real de Soria; tomó por una chaparrada, después entró en el concejo de San Bartolomé del Querque, siguieron por la Hoya de Horcajada; de la Cañada Real pasaron a un camino transversal, que en lenguaje mesteño se llama cordel, y por él llegaron a Micereses de Yuso, donde pararon ya bien entrado el día. Allí tenían pasto abundante las ovejas, y los hombres descanso, conversación y un vislumbre de esparcimiento social.
Hízose allí el cambio de personal, quedando Sancho de generalísimo, con Gil a sus inmediatas órdenes, y después de mediodía siguieron su camino por el Mojón de los Enebrillos, y por un largo y yermo campo, llamado Iloluengo, llegaron al sitio en que habían de pasar la noche, que era un otero verdegueante, salpicado de peñas, al que llamaban descansadero, sitio de abrigo y amenidad. Se hizo alto a prima noche, a punto que salía la luna, redonda y amarilla, dando al cielo gala, y a la tierra dulce y templada claridad.
Cenando las sabrosas migas, Sancho prosiguió la información que de la vida pastoril venía dando a su compañero.
—Este oficio —le dijo— es el más holgado y menos enfermizo que conocen los hombres, y con ser tan antiguo como el roncar, no se ha encontrado cosa más arrimada a lo natural que esta vida nuestra. Probes semos hogaño, tan probes como cuando adoramos al Niño Dios en el Portal de Belén. Pero la probeza es nuestra honra y nuestra paz. La mesma sopa y las mesmas migas que comíamos entonces comemos ahora, y la mesmísima licencia de los amos tenemos para comernos la oveja perniquebrada, y alguna sobrera que en días de recio queramos matar... Desventajas tiene el oficio por un lado, y es que viva separadico de su mujer el pastor que la tenga, y que a todos nos falte calor y trato de hembra; pero, si bien lo miras, es por otro lado ventaja que estemos libres del quebradero que trae la vida con la mujer en casa, y del sobresalto de tener que cuidar de ella. Mejor es que Dios tome sobre sí ese cuidado, y nosotros vivamos en descanso, fiados en que la honra de ellas está a cargo de la Santísima Virgen y del Santo Ángel de la Guarda.
Todo esto le pareció muy bien a Gil, el cual estuvo de acuerdo con su jefe en que la ausencia y privación de mujer no había de ser absoluta, porque alguna vez entraban y se detenían en poblado. En lugares y villas o en sus aledaños, milagro había de ser que no les salieran haldas a que agarrarse. Y a esto dijo Sancho con humor sentencioso y castizo:
—Con lobos y con mujeres, toparás más que quisieres.
Dentro de una gran rastrojera, cercada de piedra y que a los Gaytanes pertenecía, se acomodó el ganado. Algunos pastores se guarecieron en el chozo que en el extremo más elevado del cerco había. El ambiente era tibio y sereno. Gil, que gustaba de tumbarse al aire libre en noches plácidas de verano bajo un cielo esplendoroso, eligió para su descanso un lugar blando de hierba ya seca, al amparo de una peña que lo guardaba del Norte. Al rato de mirar al firmamento, echó la boina sobre sus ojos, y pensando que pensaba, lo que hizo fue dormirse... A una hora que le pareció la del alba por la claridad que vio en la faja de Oriente, despertó el zagalón sobrecogido, como si alguien le llamara. A un tiempo creyó sentir un golpecito en su cuello y una voz que le nombraba. Pero a su lado no había nadie. Despabilado y en pie, persistió la ilusión de la voz... Gil volvió sus miradas de nuevo hacia el resplandor creciente de la aurora.
Hacia aquella parte subía el terreno por escalones naturales de césped y de rocas bajas, y como a las diez varas de suave subida se veían enormes piedras de extraña forma, que más parecían estar allí por colocación que por natural asiento. Unas había que semejaban deformes cuadrúpedos, otras osamentas de monstruosos animales de fauna desconocida. No faltaba cierta simetría en la erección de estos bultos de piedra sobre un suelo plano. Al fondo de aquel ingente propileo, vio Gil dos colosales monolitos plantados como columnas, y sosteniendo sobre sus cabeceras otro témpano horizontal. Pasando bajo aquel pórtico, vio una rampa, en la cual aglomeraciones musgosas parecían vestigios de una escalera. Subió el pastor hasta llegar a un túmulo, que también podía ser trono, y en este... ¡Ay! si no le engañaban sus ojos, si no era un durmiente que se paseaba por los espacios del ensueño, lo que vio era una mujer, una señora sentada en aquel escabel, y la maravilla de tal visión fue completada con otra maravilla de la Naturaleza. Precipitó el sol su salida, y sus rayos se esparcieron por el cielo en deslumbrador semicírculo y en disposición tan peregrina, que parecían salir de la cabeza de la señora, o que esta coincidía propiamente con el padre sol.
Del estupor y sobresalto que embargaron el ánimo del pobre Gil, cayó este de rodillas, casi tocando la orla del vestido de la dama, y próximo a ella pudo advertir que se hallaba en presencia de la matrona que vio en la noche de su encantamiento, escoltada por las ninfas o amazonas galanas que danzaban con claqueteo de crótalos, y que a él le zarandearon de lo lindo... Reconoció la faz de augusta nobleza, los cabellos blancos, la severa vestimenta, la mirada benigna, el sonreír afable... Sintió Gil renovado el miedo intensísimo de aquella hora fatídica del encanto, y no sabía sacar de su oprimido pecho palabra alguna. La dama entonces, sin énfasis de teatro, sin tonillo de aparición fantástica, antes bien con el llano y gentil lenguaje que emplear podría cualquier señora viva de la más ilustre clase social, le dijo:
—Sosiéguese el buen Tarsis, y no se asuste de mi presencia, ni vea en ella un caso sobrenatural para regocijo de niños y pastores inocentes... Yo soy quien soy; mi reino no es el cielo, sino la tierra, y mis hijos no son ángeles, sino hombres.