Oyendo estas palabras, Gil se fue recobrando de su pavura. A una señal cariñosa de la dama se puso en pie, y otra señal, maternalmente imperativa, le indujo a sentarse en un pedrusco frontero al que la prodigiosa figura ocupaba. Con nuevos alientos, pudo sacar de su pecho estas graves expresiones:
—Señora, la gloriosa majestad que en tu semblante y modos se manifiesta, me dice que eres reina, divinidad, espíritu que por su propia virtud se hace visible.
Y ella dijo:
—Reina es poco, divinidad es demasiado; espíritu y materia soy, madre de gentes y tronco de una de las más excelsas familias humanas. Adórame si vivo en tu sentimiento; pero no me rebajes a la condición de imagen erigida en altares idolátricos.
Se adelantó Gil con piadosa efusión a besarle la mano, y ella, requiriendo la del pastor como apoyo para levantarse, dijo así:
—Vieja soy, hijo mío; pero mi ancianidad no es más que la expresión visible de mi luenga vida. Debajo de estas canas llevo escondida mi juventud para cuando sea de mi gusto mostrarla. Vivo en todos y en cada uno de los dominios que poseo. Si hoy me has visto en este triste collado, es porque aquí suelo venir atraída de fuertes querencias atávicas. Yo también he tenido infancia. Estas piedras adustas me vieron mozuela, más bien niña, ofrendando a dioses que ya se fueron para no volver. Soy más vieja que las lenguas, más vieja que las religiones, y he visto pasar pueblos como pasan tus ovejas por mis cañadas seculares... Pero ya es hora de que me dejes y te incorpores a tu rebaño, que ya está el buen Sancho disponiendo la marcha. Vuelve a tu majada, hijo mío, y si deseas verme y hablarme con descanso, yo deseo lo propio, ya que estás encantadito para bien tuyo y mío, como te diré... Andaréis todo este día y parte de la noche, hasta llegar a beber en aguas de mi Duero. Pasando el río por mi San Esteban de Gormaz, seguiréis por el camino que va de este pueblo a mi querida ciudad de Hotzema, que ahora llamáis Osma. En un punto, que yo escogeré, de ese largo camino me hallarás... Adiós, Tarsis. No te entretengas; Sancho te busca: vais a partir. En el chozo tienes tu desayuno, pan con torreznos. No dejes de tomarlo (con elegante humorismo), ni por hablar conmigo creas que eres solo espíritu. Hay que comer, hijo. Yo también como. (Mostrando un pan celtíbero de centeno y miel.) Adiós, hijo. Tu Madre no te olvida.
VIII
Prodigiosa y familiar conversación que tuvieron el caballero y la Madre desconocida.
Descendió Gil de aquel foro salvaje, y apenas llegó junto a Sancho, este le dijo que había hecho mal en andar por entre aquellos erguidos pedruscos, donde moraban duendes o endriagos.
—Esos peñascones que ves fueron altares, no de moros, como algunos creen, sino de otras plebes que antes de ellos vinieron a España.