—¿Fenicios... cartagineses?
—No... Otro nombre tenían de más antigüedad, que no se me acuerda. Lo que ves es el despiazo de las iglesias que aquí tenían, y que eran gentiles, o de un sacerdocio que comulgaba comiéndose carneros crudos... En los recovecos de las peñas quedan diablos que fueron de aquella seta, y yo te aseguro por mi fe que vi a dos o tres de ellos una noche que me dio la mala idea de subirme allí a dormir. Son cuatropea, al modo de micos grandes; la cabeza tienen de cabrón, rabo corto y empinado, y los ojos como ascuas de fuego azul tirando a verde.
Recogieron los pastores sus bártulos, y el ganado se puso en marcha. Todo el día anduvieron por lugares cuyos nombres oía Gil por primera vez. Recorriendo cañadas y cordeles pernoctaron en un corralón que no era ya de los Gaytanes, sino de otra familia llamada los Gaitines; pasaron una puente jorobada de cinco ojos, y ¡hala, hala!... fueron a dormir al amparo de una villa no pequeña, toda de color barroso, de pobre y desordenado caserío. No había casa que no pareciese reñida con la inmediata, ni calle que no estuviera enemistada con los pies de los transeúntes, pues todo era guijarros, hoyos, charcos y montones de basura y escombros.
Tempranito fue Gil a echar un vistazo al pueblo; vio huertos de lino en flor, plantíos de alcacer, y al embocar en una plazoleta de estrambótica irregularidad, abierta a las eras por uno de sus lados, vio una puerta románica muy bella y toda desmochada en su gracioso adorno, como si hubiera estado rodando durante siglos por un despeñadero. Era puerta de iglesia humilde, y por ella salían mendigos de cuyos hombros colgaban jironadas anguarinas o capas pardas, cojos, tullidos, legañosos; salían mujeres, viejas las más, alguna joven y bonita, con sus pañuelos o las sayas en la cabeza. Parose Gil a mirar a las que le parecieron guapas, que de esta curiosidad ingénita y examen de bellezas no le curara ningún encantamiento, y estando en ello vio que salía también por la vetusta puerta la señora de los albos cabellos, la del aire augusto, la de extremada belleza madura, la Madre, en fin, que se le apareció en el bárbaro santuario céltico.
Vestía la dama la misma túnica severa, sin más novedad que un velo negro echado desde el cabello a la espalda; traía en una de sus manos un rosario menudo liado en los dedos. Dirigiose a él con semblante afable, diciéndole:
—Ya sabía que estabas aquí... Vámonos a esta otra parte y podremos hablar.
Maravillado quedó Tarsis de la sencillez y del tono familiar con que la señora le acogía, y ella con noble gracejo le dijo:
—Ya ves cómo puedo hacer mi aparición sin ningún aparato, ni comparsería, ni rayos de sol...
Luego, con paso tranquilo, se internaron en angosta calleja rematada en un arco, por el cual salieron a un campillo donde había corpulentos álamos y una fuente sin agua, flanqueada de bancos de piedra. En uno de estos sentáronse la buena Madre y el pastor Gil, y a su gusto y comodidad platicaron. Discurrían por allí raros transeúntes que saludaban sin manifestar estrañeza ni asombro ante las dos figuras. Veían a la Madre como a persona familiar de todos conocida... Lo que hablaron fue como sigue:
Tarsis.—En cuanto me hice cargo de mi encantamiento, días ha, señora y Madre, comprendí que este no era por daño mío, sino al modo de enseñanza o castigo por mis enormes desaciertos.