La Madre.—Así es. Se te ata corto a la vida, para que adquieras el cabal conocimiento de ella y sepas con qué fatigas angustiosas se crea la riqueza que derrocháis en los ocios de la Corte. Verdades hay clarísimas, que vosotros, los caballeretes ricos, no aprendéis hasta que esas verdades os duelen, hasta que se vuelven contra vosotros los hierros con que afligís a los pobres esclavos, labradores de la tierra, que es como decir artífices de vuestra comodidad, de vuestros placeres y caprichos. ¿Qué tal, Tarsis amigo? ¿Te has divertido sudando la gota gorda sobre el surco? Es un deporte lindísimo. ¿Verdad que no hay juguete como el arado? ¡Pobrecillo! ¿No sabías que echabas los bofes sobre tus tierras de Tordehita y Tordelepe? Digo mal, porque ya no son tuyas: son de Bálsamo y Gaytán, mitad por mitad... Mientras esos te van desplumando, tú continuarás en estas galeras, rema que te rema, y caerán sobre ti mayores humillaciones y trabajos... Todo lo mereces, Tarsis, y porque mucho te estimo, he de llevar hasta el fin la obra justiciera de tu escarmiento. Pensando solo en ti mismo y ávido de goces, no has tenido consideración de tus pobres esclavos. Te pedían rebaja de la renta, y ordenabas a Bálsamo que la aumentase; creías que hay dos humanidades, el señorío y la servidumbre, y en el primero te ponías tú, y decretabas el abandono impío de los infelices que, derrengándose como animales de carga, labraban tu bienestar. Cuando te faltaba dinero, o lo obtenías de la usura, tu lenguaje era un chorro de pesimismo repugnante. Maldecías de todo y a mí me escarnecías, sosteniendo que nada hay en mí que valga un ardite: ni ciencia, ni artes, ni negocios, ni trabajo, ni literatura.

Tarsis. (Humildísimo.)—Es verdad, Madre, que tal pensaba y decía. Perdóname. Tu indulgencia no me faltará, pues bien sabes que el español mimado y sin dinero es peor que un perro hidrófobo... No me disculpo, ni atenúo mi falta... Solo me permito decirte, con todo respeto, que soy y he sido malo; pero no el peor. Españoles hay que merecen más duro encantamiento, Madre querida.

La Madre.—Ya, ya... Los hay peores, hijo mío, y a esos aplico con rigor más grande el poder que me ha dado Dios. Y no creas que mi ejemplaridad consiste en volver la tortilla, como dice el vulgo, haciendo a los ricos pobres y a los pobres ricos: no. Eso sería trocar los términos de desigualdad, agravando la injusticia y aumentando la confusión. Verás lo que hace tu Madre. A los que cruelmente, ávidamente, sin trabajo propio, apurando la máquina muscular de siervos embrutecidos, sacan del suelo el mineral y fácilmente lo convierten en plata y oro, les llevo a una profunda y negra galería, y allí les tengo con su picachón en la mano todo el tiempo que se me antoja, arrancando carbón, hierro u otra rica materia, y cargando las vagonetas. A los ricos avarientos que sin esfuerzo, sentaditos en sus escritorios, hinchan hasta lo absurdo sus capitales, les condeno a mozos de cuerda para que me lleven bultos y baúles a las estaciones. Políticos de esos que rigen grupos o partidos, irán por una temporada a sudar el quilo en bajos oficios de carteros o peatones; y haré una leva de oradores para llevarlos a desempeñar curatos de pueblo, con obligación de predicar en la misa dominical y en todas las novenas...

Tarsis. (Alegre, movido a hilaridad.)—Madre, por respeto a tu excelsa persona no suelto la risa. Cuanto has dicho es digno de tu nativo ingenio picaresco. No serías quien eres si no pusieras el donaire aun en tus obras de justicia. Dime, y perdona mi curiosidad: ¿alguna o algunas damas principales no recibirán tu lección severa?

La Madre.—¡Oh, sí, hijo mío! No serán una ni dos las que vayan a estas galeras correccionales, ya que no redentoras. Pero no debo seguir confiándote mis planes, ni tú debes pedirme más noticias de encantos, como no sean del tuyo.

Tarsis.—Pues si para lo del mío me das licencia, déjame que te pida esclarecimiento del asombroso aparato con que fui traído del estado noble al estado villano. No puedo olvidar la casa de Becerro, perfecta decoración de nigromante; no puedo olvidar la imagen de mi hermosa Cintia, con quien hablé de un lado a otro del espejo. Pero todo esto fue juego de niños si lo comparo con el estrépito de cataclismo, que mudó la decoración de sala telarañosa en selva magnífica iluminada por una o varias lunas. ¿De qué abismos espirituales vino el maravilloso coro de ninfas morenas, algo hombrunas, de fornidas piernas, torneados brazos y rostros helénicos, que al compás de los crótalos danzaban en dos hileras, por entre las cuales pasaste tú y te vi por vez primera en todo el esplendor de tu soberana majestad? ¿Por ventura, es de rigor que al pobre encantado le zarandeen, como hicieron conmigo aquellas hermosas brutas, arrojándome después a una barranquera, por la que fui rodando hasta dar con mis pobres huesos en la Aldehuela?

La Madre.—No, hijo: tu transfiguración se hizo en formas extraordinarias y con un poquito de bambolla teatral, por lo que te diré...

Tarsis. (Alarmado, oyendo rumor cercano de zumbos.)—¡Ay, Madre del alma! mi ganado se pone en marcha, y no tendré más remedio que dejarte con la palabra en la boca, que es gran pena para mí.

La Madre.—No te apures, hijo. Siéntate. Deja que salga tu rebaño. Ni Sancho ni los demás pastores y zagales notarán tu ausencia. Yo te llevaré a donde les encuentres...

Tarsis.—Sin juramento podrás creerme que mejor estoy contigo que junto a Sancho y sus ovejas, y si luego me llevas en volandas a donde ellas estén mañana, bien podré exclamar con toda el alma: «¡Encantado!»