La Madre.—Pues te decía que la maravilla de tu paso de un vivir a otro se debió a un oficioso entusiasmo de tu amigo Pepe Augusto Becerro, que quiso demostrarte con desusada pompa y ruido su afecto y su gratitud. Tiempo ha que practicaba la magia. No te asombres, Gil, si te digo que entre la magia y la erudición existe un entrañable parentesco: ambas artes toman su savia de la antigüedad remota. El erudito devorador de archivos se embriaga del zumo espirituoso contenido en los códices, y acaba por poseer el don de suprema alucinación, de penetrar en el alma de las cosas y de sojuzgar el mundo físico. En el profundo estudio que hizo Becerro de los libros de caballería, llegó a sorprender el intríngulis magnético de las Urgandas y Merlines y el dinamismo prodigioso de Madanfabul, de Famongomadán y otros apreciables gigantes. Metido luego en el laberinto del Marqués de Villena, visitó el interior de sus redomas, y en ellas y en podridos pergaminos aprendió mil sutilezas. Yo te lo diré sin reparo: aunque soy tan vieja, mejor dicho, aunque en antigüedad no me gana nadie, siento poca simpatía por la erudición secamente erudita, quiero decir, por el saber de menudencias que maldito lo que interesan a la humanidad viva. A pesar de esto, las leyes de mi existencia me obligan a transigir hasta con los maniáticos, y a pasar algunos ratos en los archivos polvorosos y en las acartonadas academias... Y más de una vez he tenido que recurrir al sabio para que viniese en auxilio de mi memoria, que en el correr de tantos años y siglos suele flaquear y oscurecerse. «Pepito —le pregunto—. ¿En qué fecha vino Julio César a España por tercera vegada?» Y él me lo dice gustoso, y me cuenta después que traía la calva remediada por un gracioso artificio de su corto cabello. Otro día me cuenta que Sertorio se afeitaba solo, y que a Perpena le molestaban los sabañones.

Tarsis.—Yo también he sido benévolo con Becerro y he soportado sus ataques de erudición. Yo le favorecí cuanto pude ayudándole a mantener la caterva de sus hermanas, cuyo número se perdía en la oscuridad de las matemáticas. Raro era el día en que no estaba una de cuerpo presente o sacramentada.

La Madre. (Risueña.)—Entiendo yo que eran como figuras emblemáticas de las épocas históricas: edad céltica, edad fenicia, griega, romana, período gótico, ciclos astur, leonés, castellano, arábigo-castellano y castellano-aragonés, etcétera, etcétera. Las he conocido y he tratado de contarlas, reduciendo a cifra la innumerabilidad y catálogo de las fantásticas hembras, hermanas de nuestro amigo. La muerte aparente de una traía la emergencia de otra. No se alimentaban; salían a los espacios como seres alados y volvían con un granito de cañamón en el pico para alimentar al hermano. Hoy, según creo, todas se han muerto y todas viven. Son seres engendrados por el espíritu de la erudición, de la ciencia del ocioso investigar infecundo... Pues estas magas, brujas o como quieras llamarlas, fueron las que, bajo la dirección de Becerro, organizaron el teatral aparato que te causó tanto asombro. Me opuse; hace tiempo que me hastían los actos ceremoniosos, y me incomoda el verme representada con los atributos de que tan ruin abuso se ha hecho en las cabeceras de los mapas, y en las etiquetas de la industria. Yo dije al gran Becerro: «Pepito, no me saques en mojiganga.» Pero él no me hacía caso; estaba loco: a todo trance quería glorificarme y glorificar a su amigo Tarsis, y ya viste la brillante, la estrepitosa farándula que armó. Como empresario de pompas teatrales, a los vagos espíritus de sus hermanas dio hechura de mozarronas celtíberas, de pierna desnuda y andadura selvática, y a mí me hizo desfilar entre claridades como bengalas... Notarías que iba yo sofocando la risa. Era que me hacía mucha gracia ver a Pepito convertido en león... león apócrifo, ya lo comprenderías por su facha. Al mío, a mi auténtico león heráldico, que hace tiempo anda bastante achacoso y desmejoradillo, le he mandado al Atlas para que se reponga con los aires nativos.

Tarsis.—Pues aunque yo estaba en aquel momento bastante asustado y sin ganas de broma, me reí un poco de la facha leonina de Pepe Augusto.

La Madre.—El abuso de las pompas rituales es uno de mis mayores suplicios en la época presente. Si he de decirte la verdad, vivo en continuo desacuerdo con mis hijos. Así los que dirigen mi nacional cotarro, como la turbamulta gregaria que se deja dirigir, viven en un mundo de ritualidades, de fórmulas, trámites y recetas. El lenguaje se ha llenado de aforismos, de lemas y emblemas; las ideas salen plagadas de motes, y cuando las acciones quieren producirse, andan buscando la palabra en que han de encarnarse y no acaban de elegir... No sé si me entenderás...

Tarsis.—Sí, Madre: tú quieres decir que... Vamos, que... en fin, que todos tus hijos somos unos grandes badulaques...

La Madre.—No tanto.

Tarsis.—Que no servimos para nada.

La Madre.—No, hijo: servís para todo... Excelentes músicos hay entre vosotros; pero raro es el que toca el instrumento que sabe, y armáis unas algarabías que me vuelven loca. Vivís en ciega ignorancia de las verdades fundamentales, y... (Advirtiendo que se agolpan mujeres, hombres y chiquillos en las inmediaciones de la fuente.) Más gente hay aquí de la que solemos ver en sitio tan solitario. Como día de fiesta, estos infelices vienen aquí a solazarse... Y por allá veo venir la banda de música con sus abollados trompetones... Aunque no me importa que nos vean, alejémonos, hijo, de esta bullanga. (Se levanta.)

Tarsis.—Vámonos, Madre, a donde quieras... (Dirígense por calles tortuosas; salen del pueblo. Encuéntranse frente a un camino de áspera pendiente.)