La Madre.—No te asuste este reventón, terror de los caminantes. Coge un borde de mi velo o un pliegue de mi halda, y déjate llevar.

Tarsis. (Maravillado de ver que sin cansancio salvan en un periquete la ruda cuesta, y prosiguen con pasmosa velocidad bordeando un alcor poblado de viñas.)—Ahora comprendo, señora mía, que no serías quien eres si no tuvieras el don de recorrer con paso milagroso los escalonados vericuetos de tu inmenso trono. ¡Y cuánto me place y enorgullece correr en tu compañía, salvando increíbles distancias y escalando pedregosas alturas! Voy de asombro en asombro. Por la derecha he visto correr, en menos que lo digo, tres aldeas. Por la izquierda se abrió un abismo, en cuyo fondo he visto verdeguear un fresco valle, y otro y otro, separados por picachos, en cuya cima se alzan castillos que, aun en ruinas, amenazan con sus moles orgullosas... Caseríos y torres de iglesias y monasterios arrumbados se hunden, mientras nosotros ascendemos, y corren en dirección contraria los montes arropados en tupidos pinares. Las águilas apresuran con espanto su vuelo, y hasta las nubes creo que se apartan para dejarte libre el paso, y ante tu majestad se humillan.

La Madre. (Sin la menor alteración en su aliento.)—Parémonos aquí. Esta es la sierra de San Leonardo en su más alto caballete. Vuelve hacia atrás la vista, y alcanzarás a distinguir mi valle del Duero. Tú no podrás ver lo que veo yo; no verás mi amada Clunia, hoy lugar humilde que llamamos Coruña del Conde. Esa que fue ciudad romana próspera y bella, guarda recuerdos dulcísimos de mi infancia. En ella estuve cuando la gobernaba Poncio Pilatos... Si esto es dudoso para algún sabio regañón, para mí no lo es... Era yo una chiquilla sin juicio y jugaba con las niñas de Pilatos, poco antes de que fuera trasladado al Gobierno de Judea. Yo le vi partir con toda su familia, harto mohíno de abandonar mi tierra, de dulce vivir y pacíficos moradores. ¡Quién pudo pensar que en su nuevo Gobierno había de intervenir con desdichada pasividad en el sacro misterio de nuestra reparación! ¡Pobre Clunia! Ya no eres más que un montón de polvo que revuelven con sus narices, a manera de ganchos, los traperos de la erudición... Si tu vista no alcanza, no te canses, Gil: mira con la fantasía, y vente más allá conmigo, hasta los picos excelsos de Urbión, donde verás sin esfuerzo partes muy gloriosas de mis estados. Ven: agárrate a mi velo.

IX

Continúa el coloquio entre Gil y la Encantadora.

Tarsis.—¿Me llevas al cielo?

La Madre.—Te llevo conmigo a los más altos escalones de mi trono, desde donde veo el antaño y el hoy. En esta eminente altura domino la grandeza de mis estados, y la considerable dimensión de los tiempos. Ayer y hoy se juntan bajo una sola mirada, y las penas que fueron se funden con las penas que son. (Las águilas, que antes huían asustadas, al ver a la Madre en el picacho más enhiesto de Urbión, suben en bandadas, y sobre y en torno de ella trazan con su vuelo inmenso círculo.)

Tarsis.—El aire que aquí respiramos, ¿no es el aire del primer día del mundo? Su diafanidad, su pureza y frescura, dan vida nueva y potente a mi espíritu enfermo, envejecido.

La Madre.—Si tus ojos otean como los míos a distancias enormes, sácialos en esa inmensidad que tendrás delante volviéndote de esa parte, hacia donde va cayendo el sol. El Occidente te señala el valle de Arlanza, cuna de lo que tu amigo Becerro llamaría Civilización castellana. En lo más próximo verás a Barbadillo, Salas, Lara. ¡Oh ilustres y carísimos nombres! No lejos de Lara verás tus tierras y tu castillo de Santa Cruz de Juarros, que pertenecieron a tu antecesor Gonzalo Gustioz, el viejo más verde que ciñó laureles de amor. Las tierras que fueron tuyas, son ya de tu administrador Bálsamo. Consuélate ahora de este despojo, llamándote Asur, Hijo del Victorioso; llamándote Mudarra o Mutarraf, que es Vengador. Véngate, hijo, véngate ahora con ira y rabia de tu fiero enemigo, que eres tú mismo.

Tarsis.—No tengo por qué vengarme. A nadie aborrezco. Soy Gil, pastor humilde, y el que se llamó Asur Hijo del Victorioso es un majadero que estuvo dentro de este pellejo mío, y ya, gracias a ti, salió y se fue con sus necedades a otra parte. Este pobre Gil no ambiciona más que ser tu escudero, Madre querida...