La Madre.—Ya lo fuiste, tonto.
Tarsis.—¡Yo!
La Madre.—En la lista de diputados te vi, y más de una vez escuché tus graves discursos, diciéndome con terquedad borriquil: sí, no. ¿En qué me serviste, mastuerzo? ¿Qué hiciste por aliviar mis males, por darme lustre y dignidad? Contesta: ¿qué hiciste?
Tarsis.—Nada, Reina y Señora. Lo confieso, y declaro que no era yo una cabeza, sino un sombrero de copa; no era yo un hombre, sino una levita.
La Madre.—Pues si nada hiciste cuando podías mirar por tu Madre, ¿qué harás ahora, miserable Asur, transformado en Gil? ¿No veías, no sabías que tus síes y tus noes no fueron nunca para mi gloria y provecho? ¿No veías, no palpabas que los predicadores, en sus latiguillos, echaban el latigazo de su lógica del lado de los provechos particulares? ¡Si fuiste ya mi escudero y me vendiste, vendiste a tu Madre...! No me arrepiento de haberte convertido en un patán. No mereces estado mejor... (Derivando a un afable humorismo.) Y ahora, mi ilustre gaznápiro, ya que la Madre tuya y de todos no puede hacerte su escudero, no bajarás de esta eminencia sin que saques de tan admirable perspectiva una lección o enseñanza. Por esa parte a donde el sol se pone ves mi cuenca de Arlanza, hoy mal poblada de árboles y de hombres, mísera y cansada tierra. Pues así como la ves, pobrecita y escuálida, es la primera en mis idolatrías de Madre; es mi epopeya; es creadora de mis potentes hombres; es la que amamantó mis vigorosas voluntades. (En pie, de cara a Occidente, con fogosa mirada, que fulgura en sus pupilas negras bajo la saliente ceja, de aquilina forma.) Cuitado, ¿no ves Covarrubias y San Pedro de Arlanza?
Tarsis.—No veo con mis ojos; veo con los tuyos y con tu grande espíritu.
La Madre.—Diego Porcellos, Gonzalo Gustioz, Nuño Rasura, mi bravo y generoso Fernán González, ya no sois más que polvo. Ni polvo sois ya; pero aún dura y perdurará por siglos, en uno y otro mundo, la lengua que en vuestros días y en vuestros labios empezó a remusgar, y al fin quedó hecha, sicut tuba, trompeta de nuestra energía. Ya ves, pobre Gil: por esa bocina de oro que aquellos gigantes nos dieron, somos fuertes tú, yo y cuantos la poseemos; por ella somos iguales, y el pobre y el rico, el plebeyo y el noble, nos hallamos en venturosa fraternidad; por ella vivimos, quiero decir, que muertos todos vosotros, yo viviré siempre, defendida por este divino aliento que cierra el paso a la muerte... Y ahora, hijo mío, verás la enseñanza que has de sacar de lo que acabo de decirte... Estas orejas mías oyeron de la boca de mi Fernán González una sentencia que es la más antigua que recuerdo de nuestra sabiduría popular. Contestando a unos infanzones que dos veces le habían ofrecido vanamente su ayuda en la guerra con los leoneses, por el partir de tierras, el Conde montó en cólera, y allí, en Covarrubias, delante de doña Sancha, su esposa, y de mí, les echó a la cara esta razón: «Fechos son omes, palauras son mulieres,» refrán que ha repetido el vulgo en esta forma: «los hechos son varones, las palabras son hembras.» Y yo te digo, Gil, que cuando las palabras, o sean las féminas, no están bien fecundadas por la voluntad, no son más que un ocioso ruido. Y aquí verás señalado el vicio capital de los españoles de tu tiempo, a saber: que vivís exclusivamente la vida del lenguaje, y siendo este tan hermoso, os dormís sobre el deleite del grato sonido. Habláis demasiado, prodigáis sin tasa el rico acento con que ocultáis la pobreza de vuestras acciones. Sois muy lindas taravillas. Así, cuando la palabra no tiene dentro la obra del varón, es hembra desdichada, horra y sin fruto.
Tarsis.—Donosa es la lección, y he de aprovecharla en esta vida trabajosa, que es, por lo que voy viendo, vida de pocas palabras.
La Madre.—Sigamos ahora.
Tarsis.—¿Hay más picos altos a que subir?