La Madre.—Los hay; mas ya es hora de que bajemos, que aún no estás hecho a las cumbres eminentes, y tu natural te pide el arrastrarte por lo bajo de la tierra, como criatura esclava de los estímulos de hambre y sed. Agárrate del velo, y te llevaré por estas cañadas que bajan hacia el Norte. Iremos a parar junto al nacimiento de mi río Najerilla; traspasaremos la sierra de San Lorenzo, para caer en mi San Millán de la Cogolla, lugar célebre en mis fastos de Historia y Letras....

Tarsis. (Dejándose llevar como despeñado por insondables precipicios.)—Vamos a donde quieras. Ir contigo es mi gloria. Bien sé que no lo merezco, y que de llevar contigo algún paje o escudero, elegirías persona de más valía que este mísero Gil, rebajado, por su falta de seso, de caballero a villano. Dime dónde habitas, y allí me tendrás día y noche, ya sean tu vivienda los riscos más empinados o las cavernas más hondas.

La Madre. (Bondadosa y jovial.)—Muy entontecido estás, pobre Gil, cuando no has comprendido aún que yo no tengo casa. Al revés lo entenderás mejor: mía es toda vivienda cimentada en esta tierra, míos son los palacios, mías las moradas humildes. No hay techo que no me haya visto pasar bajo sus tejas o pizarras; no hay lugar que no haya visto el paso de mi sombra por el suelo.

Tarsis.—Que frecuentas los palacios, ya lo pensaba yo antes de oírte. En mi flaca memoria persiste la impresión de haberte visto algunas noches en el salón de la Duquesa de Saldaña y en el de los Condes de Fontibre. Tu rostro de soberana belleza y majestad no puede confundirse con otro alguno. Vestías con suprema elegancia, y te llamaban Duquesa de Cervantes en una casa, de Mío Cid en otra.

La Madre.—Así es. Con tales nombres me conociste; yo también te conocía, y por cierto que me causaba risa tu imbecilidad, no mayor que la de otros. Como no frecuentabas buhardillas ni cabañas, nunca me viste entre gente mísera, agobiada de privaciones, o entre tipos picarescos y maleantes. Mi sociedad es tan extensa y variada como mis reinos, y no niego mi presencia a ninguno de los que se dicen mis hijos, sean lo que fueren. A su lado me tienen nobles y villanos, orgullosos y humildes, descreídos y fanáticos, monjas y damas, pastores, soldados, frailes, viejos caducos y desarrapados chiquillos... Cuanto en estos montes y en aquellas mesetas y en las lejanas costas alienta, es mío; de todos soy, y a todos me debo... Y ahora, buen Tarsis, sabrás que si tengo poder para llevarte con vuelo de águila de una parte a otra de mi territorio, no está en mis facultades el sostenerte días y días sin alimento. Subiremos ahora esta otra sierra que llamo de San Lorenzo, y después de dar un vistazo al santuario de Valvanera, te llevaré a que descanses en mi San Millán, donde guardo el dulce recuerdo y las cenizas de mi glorioso ermitaño y de mi primer gran poeta Gonzalo de Berceo, que toma su apellido de un pueblecito que verás más allá... Agárrate bien, y apresuremos el paso, que viene la noche.

Tarsis.—Ya viene... Por nuestra derecha, que a mi parecer es tierra de Aragón, veo salir una luna redonda y clara, encendida de color, y partida en dos por un celaje que parece alfanje. (Remóntase la luna en su inflexible camino por el cielo; Gil y la Madre Encantadora avanzan con ideal presteza por montes y valles; llegan a un caserío humilde, apiñado a la sombra de un negro monasterio; se albergan en rústico parador; cena Gil con arrieros; la Madre se sienta entre mozas y viejas parleras; Gil se tumba sobre paja y sacos a la vera de la Señora, y en el regazo de ella reclina la cabeza y duerme con dulce sueño. Amanece; despierta el mozo.) ¡Qué dulce paz! He dormido en tu regazo como un niño, y he soñado que vivimos en un mundo patriarcal, habitado por seres inocentes que no viven más que para compartir con amorosa equidad los frutos de la tierra...

La Madre. (Graciosa.)—Hijo, te has anticipado a la Historia dando un brinco de cien años o más, para caer en un porvenir que yo misma no sé cómo ha de ser. Bien, Gil: así se pasa el rato agradablemente, y del soñar a gusto, a nadie se ha de pedir cuenta. Hoy, por desgracia, mis hijos viven más en sus querellas locas que en las leyes de amor.

Tarsis. (Candoroso.)—Pues de mí te digo que de caballero, lo mismo que de villano, he mirado siempre a la paz y al amor. Enamorado fui y enamorado soy, por paces. Déjame que te cuente... En Aldehuela tuve devaneos y liviandades con el ama a quien servía, una tal Usebia... Hablando con verdad, ella fue la que a mí me requirió antes que yo a ella. No es hermosa propiamente, ni aseñorada; pero se abrasó de afición a mí, y era de suyo harto pegadiza. Pecábamos, al volver del mercado, por querencia suya irresistible, y hacíamos mal tercio a la decencia por ser ella casada. Dolíase de su mal; mas no sabía corregirlo. Al despedirme lloraba por mi ausencia, y por el agravio y ornamento que poníamos a su marido.

La Madre.—Ya lo sabía, Gil. Más culpable es ella que tú. La ley de encantamiento no te impone un absoluto despego de amor, y el encastillarte en una ridícula virtud te pondría en violenta discordancia con la libre naturaleza que te rodea. Es error creer que el campo no brinda al hombre enamorado fáciles triunfos amorosos. Solteras y casadas acogen con blandos arrumacos al mozarrón forastero, y en aldeas y villas no faltan amas de cura, salidas de madre y padre, con poco escrúpulo de la opinión.

Tarsis.—¡Que me place!... Debo decirte que mis amores con Usebia fueron de puro pasatiempo. El amor mío verdadero y profundo es otro: lo sentí cuando era caballero, y en mi alma lo conservo con todo su ardor y pureza... Antes que me encantaras, hice la corte a una joven americana llamada Cintia: empecé con idea de matrimonio, anteponiendo al amor mi afán de riquezas. Rechazome ella, prefiriendo para marido a un diplomático envarado, de estos que al vestirse por la mañana se tragan el palo del molinillo. Me sacó de quicio el desaire, y desairado amé a Cintia con pasión escondida, de las que la soledad y el pensar continuo convierten en locura. Cuando me dábais los primeros pases de ilusión para encantarme, vi a Cintia en un espejo. Obra fue de las hechicerías del maldito Becerro y de las brujas de sus hermanas... Hablamos la americanita y yo de un lado a otro del cristal: me dijo que no se había casado con el diplomático; a mi parecer me miraba con amor, y sus palabras destilaban ternura... Pues bien, Madre: tú que todo lo sabes, dime si, en efecto, Cintia no se ha casado, que bien podría ser todo una ruin burla de los invisibles demonios que correteaban por aquella casa. Dime también si Cintia está en España o se ha vuelto a América... Claro que si está en América, nada podrás decirme.