La Madre.—Allá, como aquí, domino por mi aliento, sicut tuba; por la vibración de mi lenguaje, que será el alma de medio mundo. Cuando de allá me invocan, acudo al instante. Mi Colón me dejó una linda nao milagrosa que me lleva y me trae en dos minutos... Por otra parte, ni tú debes pedirme informes de esa familia, ni yo debo dártelos, pues mientras permanezcas en estado villano, es necedad que pienses en amores con damas principales... Y ya no más, hijo. Levántate. (De la escarcela sacó unas bellotas que se trocaron en monedas; pagó el gasto del mozo, y partieron.)

Tarsis. (Ingenuo.)—Ya podía la señora Madre darme de esas bellotas, o decirme dónde está el árbol que las cría.

La Madre. (Con severidad afectuosa.)—Espérate un poco, hijo: un ratito hasta que fructifique la encina que tú mismo has de plantar; otro ratito, hasta que maduren las bellotas... (Siguen platicando del cómo y dónde plantará Gil la encina, y continúan andando en busca del rebaño, que, según indica la Madre, estaba en Cameros. Llegan de noche, guiados por el resplandor de una hoguera encendida por los pastores, que han matado una oveja y se disponen alegremente a comérsela.)

Tarsis.—Allí están. Oigo la voz de Sancho, que suena en la espesura de estos montes, sicut tuba. No puedo precisar el tiempo que ha durado mi ausencia de los compañeros. ¿Han sido dos días, o tres?

La Madre.—En la vida pastoril no necesitas calendario ni reloj. El tiempo es un vago discurso con somnolencia.

Tarsis.—¿Qué hora es?

La Madre.—El cielo te lo dirá. Mira la dirección del rabo de la Osa. Mira el León que se esconde ya por Occidente. Por Oriente ha salido Antares, la diabla iracunda, y tras ella Sagitario armado de flechas.

Tarsis.—Ya estamos entre ellos. Nos han visto y celebran tu presencia con palmadas y vítores. El rabadán, los pastores y zagales, llamados Blas, Mingo, Rodrigacho, prorrumpen en alegres exclamaciones.

Sancho.—¡Vítor la Madre!... ¡Hurriacá!

Mingo.—Quédate, Madre, entre nos.