—La tuya y la mía, la de todos...

—Pero esa Madre, ¿dónde está? Yo no la veo.

—Es nuestro ser castizo, el genio de la tierra, las glorias pasadas y desdichas presentes, la lengua que hablamos...

—¿Dónde está esa Madre?

—Aquí, en todas partes. Vendrá... se dejará ver si la llamamos con la voz piadosa de nuestro amor.

Oído esto, Cintia se levantó. Era hora de volver a su casa. Pasándose la mano por la frente y recogiendo de ella ideas quiméricas, las cuales arrojó al viento con gesto de diosa que se personifica en materia humana, expresó la triste orden de separación:

—Mira, Gil: que las últimas palabras tuyas y mías que hemos de decir esta noche, sean para fijar nuestro destino.

Juntaron sus cuatro manos. Gil dijo así:

—No necesitas jurar. Mándame que te siga, y basta.

—Quiero y mando. Sabrás por Felipa el día que salga con mis tíos. Si no cambian de ventolera, partiremos pasado mañana a la hora del alba. Aquí no nos veremos ya.