—Por momentos paréceme que algo recuerdo; por momentos que no recuerdo nada.

—Ya recordarás, ya te convencerás.

—Pero dime: ¿en tal estado nos hallamos porque a él nos traen?

—Sin duda.

—¿Quién?... ¿hechiceros?...

—O seres divinos, que con ello no quieren hacernos daño, sino mucho bien.

Pascuala cruzó dedos con dedos, y enlazadas fuertemente las dos manos, las puso sobre el hombro de Gil, cargando sobre él el peso leve de sus brazos y el grave de su busto. En tal actitud puso su penetrante mirada en los ojos de él, y con intensa seriedad le dijo:

—Pues quien nos ha encantado que nos desencante, Gil. ¿Quién puede hacerlo?

—La Madre.

—¿Qué Madre es esa?