—Matar no... No me hables de muertes... Otras locuras has de decirme para que yo...
—Pues oye esta que otra vez oíste y te tentó a la risa. Yo no soy lo que parezco. He pertenecido a una sociedad superior, y por fines de enseñanza o de castigo he sido rebajado a esta condición plebeya en que me ves.
—Pues ahora no me río, no me río nada... Lo que hace tu Cintia es recordar que ayer mi amiga Felipa, la hija del mandadero de estas monjas, me dijo que tú tienes aire de persona principal, y que se te puede tomar por un conde con ropa y manos de peón.
—Ya te dije anoche que Felipa me parece una mujer de gran agudeza.
—Algo hay en ti —dijo Pascuala sin perder su triste serenidad—, algo que... no sé decirlo.
—Pues yo lo diré, aunque te me pongas incrédula y burlona. Estoy encantado... Siendo quien soy, aparento condición distinta de la que me dio mi nacimiento... No me mires con esos ojos alelados, que no por quedarse lelos son menos bonitos que el sol. No me mires así, que ahora voy a decirte algo que te asombrará más. Encantada estás tú también, Cintia; pero no has llegado al punto de conocer tu propio encantamiento. Lo sospechas no más. La primera vez que te vi, en la fuente, te lo dije y me tuviste por loco... Ahora no piensas lo mismo.
Dio Pascuala un gran suspiro, dejando caer sus miradas al suelo. Sin levantarlas, murmuró esta pregunta:
—Dime, Gil: ¿estar encantada es lo mismo que estar enamorada?
—No es lo mismo; pero hay gran parentesco entre el encanto y un vivo amor. Como aquella tarde te dije, estás en el crepúsculo de tu memoria, del recuerdo de tu ser tal como fuiste antes de ser traída al estado presente.
La actitud hondamente pensativa de Pascuala era como la de quien exprime con ahinco su memoria para obtener de ella una imagen, una luz. Por fin, suspirando con más fuerza, como bebiéndose y expulsando todo el aire que la rodeaba, dijo así: