—¿Además, qué?

—Que el señor Gaitín ha dicho que está a caer mi nombramiento de maestra. ¿Para qué pueblo? Eso... de Soria nos lo dirán...

—Pues no veo la procesión... Sí la veo... Te veo a ti marchando a Suellacabras con tu familia, y yo detrás... Dejaré mi trabajo y cuanto hay en el mundo por seguirte. ¿Cuándo nos vamos?

—¡Ay, Gil de mi vida! Tu falsa alegría no me sacará de mi tristeza. ¿No adviertes que esta noche no me he reído ni tan siquiera un poquito? Pues cuando mi boca olvida la risa, ¡cómo estará mi alma!... Te contaré todo; verteré de mi alma a la tuya todo el amargor que llevo dentro. Pensaba dártelo a traguitos; pero ¿a qué traguitos si es mejor decírtelo de una vez? Mi tío Saturio ha sabido que tú y yo... nos queremos. La tía se enteró y fue con el cuento al tío... Llamáronme a juicio esta mañana, y yo, que llevo siempre mi conciencia en la cara, saqué de mi intención toda la verdad antes de abrir la boca... Porque soy así, Gil... Díjeles que sí, que no tengo por qué ocultarlo, que te quiero y me quieres, y estamos los dos en la idea de casarnos... Así, clarito... ¡Vieras a mi tía cómo se puso!... Que es una deshonra para la familia... que habrá que oír a los Almuerzos cuando lo sepan. Y mi tío Saturio, con el temblorcillo de quijada que le da cuando se incomoda, y abriendo un ojo más que el otro, salió con esta sinrazón: «Una joven de tu mérito, Arabiana por parte de madre, y por tu padre de los Borjabades de Medinaceli, casarse con un peón rústico, un casca-piedras y rasca-lodos... ¡oh ignominia!...» Y luego la tía, saltando de la ira al sentimiento, lloriquea y me dice: «Pascuala, por cincuenta coros de ángeles te pido que no hables más con ese bruto. ¿Quieres tú que nos muramos de pena? ¿Para qué están en el mundo tus tíos más que para buscarte un marido de circunstancias y ser todos felices?»... En fin, que me han vuelto loca, sin que hayan conseguido rendirme. De esto que te cuento ha salido la idea de alejarme de ti...

Maldecía el enamorado su suerte, trinaba y vociferaba mezclando las burlas con la ira:

—¡Alejarte de mí! ¿Y no han discurrido esos tiorros impedir que salga el sol, y que los ríos se encaramen en los montes?

—Espérate un poco. Hace algún tiempo que Saturio y Baltasara se ilusionan con la idea de casarme a su gusto. Dos novios para mí tienen puestos en remojo. El uno es un señorito de Soria, que usa cuellos muy altos, y corbatas de colorines, hijo único de viuda rica, según dicen; otro es un chico de Almazán, que empezó estudiando para cura en El Burgo, y luego lo dejó, y se ha hecho perito agrónomo... Todo esto te lo digo para que te vayas enterando. ¡Ay, Gil de mi alma! ¿qué haré yo para ponerme ahora en contra de esta mala corriente de mis tíos; qué haré para desobedecerles sin perder el respeto y la gratitud que les debo?

—El amor es antes que todo, Cintia... Hoy te llamo Cintia porque con este nombre estás más unida a mí que con el de Pascuala. Y cuando tus tíos feroces te digan: «Pascuala, ven», tú responderás: «No sé quién es esa que llamáis.»

—¡Ay de mí! —gimió agobiada la sin par mujer, inclinando su cabeza casi hasta tocar el hombro del cantero—. Hoy estoy muy triste, hoy no me río. Dime locuras; oiga yo tus locuras para que se me quite esta pena.

—¿Locuras? Pues tengo un martillo muy grande. Con él he roto las piedras más duras; con él partiré las cabezas de esos tíos sin entrañas, tíos peores que sobrinos de Satanás.