—Vivo con mis tíos Saturio Borjabad y su mujer Baltasara, y esta casita es de unos primos míos por parte de madre, llamados aquí los Almuerzos, porque son de la sierra de este nombre, y se dedicaban al negocio del carbón. Ahora viven en Soria. Mi madre se llamaba Pilar Arabiana; dicen que era un poquito noble. Mis tíos los Borjabades tienen en Suellacabras dos o tres telares, y allí viven mis primos, que fabrican sayas y capotillos de jerga. Conque ya tienes ante ti todo el mapa de mi familia. Al ponértelo delante, me río como ves... En mi parentela hubo nobles y plebeyos; hoy todos son pobres. Algunos viven de ilusiones, otros emigran, algunos trabajan como negros... Yo, que en pobreza no tengo a nadie que me aventaje, les alegro a todos con mi alegría.
—¡Qué encanto de mujer! A Dios bendecimos y alabamos por haber hecho esa boca. Y a Dios le basta eso para ser grande.
Terminó Pascuala la segunda entrevista despidiendo a Gil con la más dulce de sus risas, un empujoncito y esta frase donosa:
—Vete ya, que no quiero enojar a los tíos... Me dan licencia de un ratito, y el ratito se va volviendo ratón.
¡Ay, Gil, en qué soñador arrebato vivías! Y machacando piedras, dejabas que tu espíritu rodara por los espacios, chocando con estrellas y soles... Muy fuertes habían de ser los tirones de la realidad para que a ella volvieses... A la ya referida cita con Pascuala siguieron otras en el propio sitio, o en un bosquecito de acacias frontero al pórtico de las monjas. En aquellos ratos de dulce intimidad, el fuego de amor prendía con flamear gracioso en los corazones. La idea, nunca olvidada por Gil, de que se conocieron antes, en otra misteriosa y lejana vida, prendió también en la mente de ella, y a menudo decía:
—Sí, Gil: yo llevaba en mí hace tiempo tu cara y tu ser todo.
Se confiaban sus pensamientos sin faltar a la pureza y corrección. Si él, llevado de su fogoso temple, acortaba la distancia honesta, ella le contenía con ademán grave y con su inefable sonreír, que valía por un mandato. Separábanse contentos, gustando de antemano un porvenir dichoso... Pero a la cita cuarta o quinta, que en el número no concuerdan los autores, Pascuala llegó junto a su amado con cara triste.
—Esta noche —le dijo—, te traigo malas nuevas. Ya ves que no me río... y cuando no me ves reír, ya comprenderás que hay procesiones por dentro.
—Dime lo que hay —replicó Gil, disimulando su alarma—, que seguro yo de tu amor como tú del mío, podemos reírnos de toda procesión, aunque sea la del Corpus.
—No pasa el Santísimo Corpus Christi —dijo Pascuala—: lo que pasa es que tendremos que separarnos pronto... Mis tíos han resuelto que nos vayamos a Suellacabras, porque aquí está todo muy malo... Allí no nos faltará un pedazo de pan, y además...