—Bien, hablaremos.
Y otra entrante y no articulada: «¿He visto antes a este hombre?... ¿lo he soñado?... En sus ojos tiene toda la simpatía del mundo. ¿Me querrá de veras? Si su locura es de amor, en buen hora venga.»
Las últimas expresiones fueron para determinar dónde podían verse y hablarse. Puntualizó ella los sitios que creía mejores para la aproximación honesta de los presuntos novios, y Gil la vio partir embelesado de su airoso andar y gentileza. Dos veces volvió ella la cabeza para mirarle. Gil la seguía con mirar certero. Quería que sus ojos la llevaran hasta la puerta de la casita blanca; pero mucho antes de llegar a esta, la figura de Cintia se desvaneció como una luz que se apaga.
XI
Donde brillan con toda claridad la ternura y discreción de la hermosa Cintia.
Enloquecido quedó el buen Gil con el encuentro de la divina mujer a quien sin vacilación diputaba como la propia Cintia, transmutada de señora en villana por la mano hechicera que le había transformado a él. Pasó la noche en inquietos delirios, y a poco de amanecer aplicaba al trajín de la piedra su fuerza muscular, cual máquina emancipada del pensamiento. No tenía Gil amigo de confianza con quien comunicarse. El famoso burlador don Juan de Ablitas estaba en la cárcel, por haberle salido su aventura diametralmente al revés de como la hubo pensado. Fue al pueblo con la caballeresca ilusión de pegarle al cura, y este, que era un hombracho como un castillo, le ganó velozmente la acción, destrozándole con recios bofetones toda la cara, pateándole después, y de añadidura requiriendo a la autoridad para que le metiera en la cárcel, como se hizo, procesándole por agresión sacrílega.
La segunda entrevista de Gil con la que ya era su novia fue poco después de anochecido, en una plazoleta próxima a la casa de ella; casa honestísima ciertamente, como lo era también la plazoleta, formada de una parte por la casa-cuartel de la Guardia civil, y de otra por un convento de monjas reclusas. Comprendió Gil que su novia disfrutaba de cierta libertad. En la vaga conversación sabrosa iba dando a conocer su vida y parentela, y diversas circunstancias que el mozo apreció como favorables para los incipientes y ya formales amores. Pascuala manifestaba su alma con graciosa sinceridad, y era honesta sin gazmoñería, honrada y pura sin la menor afectación. Gil se confirmaba en que tenía delante a la propia Cintia por un signo infalible, rasgo saliente y luminoso de la hermosa colombiana, que era la sana y dulce alegría, el sonreír largo que dejaba ver la más perfecta y blanca dentadura. Era Cintia; solo Cintia sabía decir conceptos delicados y conceptos comunes con aquella boca de ángel...
Ya en el encuentro o aparición en la Dehesa había notado Gil que el lenguaje de la moza no era el habla tosca del pueblo campesino; se expresaba con limpia dicción y con notoria pureza gramatical. El enigma quedó aclarado con estas palabras de Pascuala:
—Soy maestra. En Zaragoza, donde he vivido cinco años con mi tío don Bruno Borjabad, procurador, hice mis estudios, y tengo título... ¿Qué te creías? Ahora estamos esperando a que don Feliciano Gaitín, que es el mandón de estos lugares, nos cumpla lo prometido: darme una escuelita de párvulos en cualquier pueblo de esta comarca. Buena falta nos hace, porque mis tíos, con quienes vivo, andan atrasadillos por las malas cosechas y lo perdido que está todo.
Completó Pascualita su historial con estas referencias: