—No es feo nombre. Yo he notado que suelen ser bonitas las cosas falsas. ¿Y a ti cómo debo llamarte?
—Mientras estemos en este destierro expiatorio, llámame Gil.
—Gil, Gil —repitió la bella con sorpresa y susto—. Hace dos tardes pasé por la cantera y vi a los hombres trabajando... Me parecieron demonios. Por la noche soñé cosas horribles... Soñé que era yo piedra, y que me estaban barrenando en el corazón. Desperté al dolor de mis carnes taladradas por el hierro. ¡Ay, qué susto al despertar, y qué sudores de muerte! Oía los graznidos de una bandada de cuervos, y los cuervos decían Gil, Gil... y eso mismo, Gil, estuvo sonando en mis oídos aquella noche y todo el siguiente día.
—Oías mi nombre... Era el anuncio de que hoy nos encontraríamos en la fuente y seríamos novios.
—No sé... —dijo la moza; y mirándole de hito en hito, agregó un comentario mudo, guardado dentro de sí como impúdico secreto: «¡Y qué guapo es!... ¿Será verdad que he visto a este hombre en alguna parte?... ¿Dónde, Señor, dónde?»
Al llegar a la alameda, Cintia o Pascuala, como se quiera, dio orden de parar.
—De aquí no se pasa.
Y Gil sintetizó su comedido anhelo en esta pregunta:
—¿Estás conforme en que hablemos?
Y ella, embebiendo su mirada en la de él, contestó con doble frase, una saliente, que fue: