—Y sobre todo, hijo mío, no quiero verte cursi.

En su reducido cacumen se alojaban pocas ideas, las cuales, por ser pocas, vivían allí con holgura.

Al mes de haber metido a Tarsis en la militar y caballeresca Orden, dio Torralba en la tecla de decirle y recomendarle que se casara. A su juicio, no había cosa de peor tono que permanecer sistemáticamente en soltería. Él se cuidaba de buscarle novia rica y de buenas partes, y para no cansarse en investigaciones, desde luego le propuso la hija única de los Marqueses de Mestanza, Mariquita o Mary de Castronuño, riquísima heredera, buena chica, educada en Francia, de rostro no desagradable y figura esbeltísima. Entre las ideas elegantes de Torralba, descollaba la de que para fines de matrimonio no era menester hembra bonita; antes bien, la extremada hermosura era notoria impedimenta de la felicidad.

Sin rechazar ni admitir la idea ni la persona, Carlos se tomó tiempo para decidirse. A Mary conocía y trataba desde que la trajeron del colegio francés como de una fábrica de muñecas. Ocasión había tenido de apreciar en ella una corta inteligencia, cultivada en la estepa de los elementales estudios de carretilla, y aderezada con todo el saber de cortesanías aplicables a su eminente posición social. A su insignificancia no faltaba ningún toque de purpurina para deslumbrar al vulgo selecto. En lo físico, Mary ostentaba un seno enteramente plano, tabla rasa por la cual resbalaban con desconsuelo las miradas del amor; un rostro afilado, sin otro encanto que la dentadura de ideal perfección y limpieza, ojos claros y mudos, cabello bermejo, gentileza de palo vestido o de palmera tísica, y de añadidura un habla impertinente arrastrando las erres.

En las vacilaciones de Tarsis y en el aquel de pensarlo y estudiar el asunto, vio el de Torralba un indicio de que el galán apechugaría con la prójima desaborida y ricachona. En cuestiones de este linaje matrimoñesco mercantil, disparate estudiado es disparate hecho. Debe advertirse que el caballero, en el tiempo de su primer florecimiento juvenil, pensaba que jamás casaría con mujer de quien no estuviera o pudiera estar enamorado. Pero ya con el rodar veloz de una vida intensa, se marcó la evolución de sus pensamientos hacia el positivismo. Y tanto y tanto le había sermoneado su padrino sobre las ventajas de no ser cursi, que al fin esta idea se le fue metiendo en la voluntad y acababa por ganarle.

Conversando sobre tema tan sugestivo después de hacer la corte a la niña de Mestanza con miras de casorio, don Carlos decía:

—Quizás la más bella flor del buen tono es mirar a la conveniencia en achaques de tomar mujer para toda la vida. La sensiblería pasa sin dejar huella, el amor mismo no es más que la entrada al pórtico del templo del hastío. Los intereses son, en cambio, la solidez y el asiento del vivir... La cifra del buen gusto es mirar a la cifra de numerario antes que a las caras bonitas, las cuales se ajan, mientras que el oro es perdurable, siempre bello y sabroso. Yo veo con admiración a los millonarios, no tanto por el dinero que tienen, sino por los beneficios que pueden hacer a la Humanidad. Son los lugartenientes de la Providencia. Observe usted, padrino, que la Providencia será lo que se quiera; pero cursi no es.

II

Que trata de las amistades y relaciones del caballero.

Muchos y buenos amigos contaba Tarsis. Si de todos habláramos, se nos consumiría sin grande utilidad el papel de esta historia. Se hará enumeración sucinta de los más notables por su posición social, y de los que en altas, medianas o bajas posiciones influían más directamente en la vida y costumbres del caballero. Los segundones de la casa de Ruydíaz, César y Jaime, eran los que arrastraban a Tarsis a los devaneos esportivos, al vértigo del automóvil, y a las cacerías o juegos cinegéticos, ajetreo vano y ruidoso. Aunque don Carlos ponía muy escasa atención en la cosa pública, designamos como amigos políticos a Luis y Raimundo Pinel, que le hicieron diputado, sacándole como una seda por un distrito de cuya existencia geográfica tenía solo vagas noticias. Los Pineles eran sus maestros en el arte parlamentario, y le ayudaban a mantener la concomitancia caciquil con los manipuladores de la fácil elección.