Relaciones más sociales que políticas tenía Tarsis con otros individuos de la burguesía enriquecida en negocios de los que no exigen grandes quebraderos de cabeza: López Arnau, el flamante Marqués de Albanares, el de Casa la Encina, don Camilo Rodríguez Codes, don Alberto Samaniego, opulentos almacenistas, y otros que llegaron a la redondez económica, por inmediata herencia de padres laboriosos o por combinaciones mercantiles favorecidas de la ocasión o del acaso. Muchos de estos plebeyos enriquecidos ostentaban ya título de marqueses o condes, y a otros les tomaban las medidas para cortarles la investidura aristocrática; que la Monarquía constitucional gusta de recargar su barroquismo con improvisados ringorrangos chillones. Los villanos ennoblecidos recibían por título el lugar de su nacimiento, como don Alberto Samaniego, Marqués de Camuñas; o bien, como don Blas Núñez Urruñaga, titulaban añadiendo un Casa como una casa a su primer apellido. Este buen señor, tonto de capirote y lleno de dinero, ganado en la compra-venta de granos y en la usura campesina, tenía un hijo despabilado, instruidillo, de natural amable y risueño, Ramirito Núñez, que pretendía imitar a Tarsis en los modales, en la ropa, y en la personal y no estudiada soltura con que la llevaba. La imitación del uno y la simpatía del otro labraron cordial amistad. La diferencia de edades dio al Marqués de Mudarra superioridad en el trato de su amiguito: le tuteaba, bromeaba con él y se permitía poner en solfa el título del padre, llamándole Marqués de su Casa.
Aficionado a las letras, Ramirito espigaba en ellas sin pretensión de fama ni de lucro, y a lo mejor se salía con alguna croniquita, o arreglaba del francés tal cual pieza berrenda en verde, dándola con nombre supuesto en algún escenario de tercer orden. El teatro era su pasión. No perdía ningún estreno, y de estas duras batallas entre el público y los autores daba cuenta al amigo, que también era maestro y concluía siempre por tener razón en las peleas de crítica. Si vemos en Ramiro el amigo más grato al Marqués de Mudarra, el más tenaz y pegadizo era un sabio machacón llamado José Augusto del Becerro, que desde sus tiernos años se dedicó a la enmarañada ciencia de los linajes, a desenredar las madejas genealógicas, y a bucear en el polvoroso piélago de los archivos. Su apellido era una predestinación, pues el hombre sabía de memoria los becerros de todas las ciudades, monasterios y behetrías.
Las evacuaciones eruditas de Pepe Augusto en presencia del caballero escondían con poco disimulo el móvil de adulación, pues cuando le demostraba la ranciedad de su abolengo, sosteniendo que su primer apellido venía en línea directa de Tarsis, hijo de Túbal, nieto de Japhet y biznieto del patriarca y curda Noé, solicitaba directamente un socorro en metálico, que don Carlos nunca le negaba. Descender de Noé y no aprontar doscientas o más pesetas para el amigo necesitado, sería desmentir la nobleza más rancia que se podría imaginar.
Aunque aparentaba interesarse en las cosillas heráldicas, Tarsis se reía interiormente de tales pamplinas; mas no era manco para socorrer al sabio genealogista. Se conocían desde la infancia. Becerro vivía con mil atrancos, y en días tristes faltó poco para que metiera el diente a los pergaminos de fueros y cartas pueblas; llevaba siempre a la casa de Tarsis una nota lúgubre, como estrambote de los embelecos genealógicos. Tenía por familia una cáfila de hermanas de distintas edades, ninguna joven, y todas dañadas terriblemente en su salud. No pasaba día sin que alguna estuviese de cuerpo presente o sacramentada. Era un coro de divinidades mortuorias agregadas a la siniestra trinidad de las Parcas; eran, por otra parte, una mina, según el provecho que el sabio sacaba de ellas y de sus tremendos achaques. Ya Carlos deseaba conocerlas y apreciar por sí el misterio de aquellas moribundas que jamás se morían.
Un día entró el ínclito Becerro con la bomba de que una de sus hermanas, después de puesta en el ataúd, había tornado a la vida, a un vivir lánguido y lastimoso, peor que la muerte. Otro día, viéndole llegar con cara fúnebre, Tarsis le dijo:
—¿Cómo están tus hermanitas?
Y él:
—Muy mal, siempre lo mismo. Todas mueren, todas viven...
Recibido el socorro, José Augusto rompió en estas explicaciones eruditas del apellido materno del caballero Tarsis. Descomponiendo y analizando el Suárez de Almondar, el maestro de linajes encontraba nombre y cognomen. El Suárez viene de Suero, y el Suero de Asur, nombre semítico sin duda. De Almondar es corruptela del árabe Abo l’Mondar, que quiere decir Hijo del victorioso. Reunidos y entramados estos nombrachos con el Tarsis, resultaban en una pieza las claras estirpes de Sem y Japhet, hijos del excelentísimo patriarca Noé.
No era este amigo chiflado el que más continuo trato tenía con el Marqués de Mudarra: la intimidad mayor gozábala un sujeto llamado don Asensio Ruiz del Bálsamo, a quien el caballero recibía y escuchaba todos los días, a veces mañana y tarde. Y con ser Becerro un poco vesánico y sablista empedernido, Carlos le soportaba y aun le quería, mientras que al otro, hombre sesudo y de claro juicio, le odiaba con toda su alma.