Explicación de esto: Bálsamo era el administrador de la casa, el genio del orden, llamado a poner al caballero en contacto con los números, con las realidades de una existencia desconcertada. La primera visita de Bálsamo a su señor era casi siempre matinal, cuando el galán se hallaba en el trajín de sus lavatorios, y de acicalarse y vestirse para ponerse guapo. Raro era el día en que el administrador no traía la cara feroz, anticipando con el ceño y el mohín las malas noticias que llevaba. No hallaba manera de atender a los gastos del señor Marqués, que en cuatro años se había comido parte de su capital, y en los últimos había gastado el triple de las rentas de la propiedad rústica. Sus deudas crecían, amenazando con embeber pronto gran parte del acervo heredado. Bálsamo se veía negro para contener a los acreedores, para exprimir a los colonos y sacarles las entrañas. Mas ni con estos actos de adhesión servil aplacaba la sed del señor, ávido de dinero con que atender a sus apremios suntuarios.
Tenía don Carlos dos automóviles para correr por el mundo, y había encargado a París el tercero, de la mar de caballos, pues no era justo que el Duque de Ruy-Díaz le superase en la velocidad de su traga-caminos. Por un lado el auto, las cacerías, el vértigo de viajes, francachelas y competencias deportivas, por otro el club enervante, las mujeres oferentes o vendedoras de amor, daban tales tientos a la bolsa del caballero, que apenas llenada con fatigas por Bálsamo, se iba quedando floja, hasta dar en vacía. No escuchaba Tarsis razones cuando en aprieto se veía. ¿Que las rentas no bastaban? Pues a subirlas. Ponían el grito en el cielo los pobres labrantes y elevaban al amo sus lamentos. Pero él no hacía caso: el tipo de renta era muy bajo. Los que chillen por pagar doce, que paguen veinte. El destripaterrones es un ser esencialmente quejón y marrullero: si le dieran gratis la tierra, pediría dinero encima. Gran tontería es compadecerle. Que labre, no como se labraba en tiempo de Noé, sino a la moderna, sacándole a la tierra todo lo que esta puede dar...
Un día entró Bálsamo a la cámara del señor cuando este salía del baño, y poniéndose su careta más fúnebre le dijo:
—Señor, los colonos de Macotera se han visto abrumados por la renta... Reunidos todos, me han notificado en esta carta que no pagan, que abandonan las tierras, y reunidos en caravana con sus mujeres y criaturas, salen hacia Salamanca, camino de Lisboa, donde se embarcarán para Buenos Aires. En el pueblo no quedan más que algunas viejas, fantasmas que rezando se pasean por las eras vacías.
No pudo el caballero afectar la tranquilidad que su orgullo le dictaba. Tan solo dijo, envolviéndose en la sábana como un romano en su toga:
—Si esto sigue así, también yo tendré que emigrar. En cualquier parte se está mejor que en esta España, que no es más que una pecera. Somos aquí muchos pececillos para tan poca agua.
Cuando agarrotado de fieros compromisos, planteaba Tarsis la cuestión de buscar dinero a raja-tabla, sin reparar en sacrificios, Bálsamo ponía la cara siniestra que usaba siempre que se le mandaba explorar los campos de la usura. Volvía dos o tres veces suspirante, maldiciendo a los capitalistas, y por fin, después de someter al señor a indecibles torturas, entraba con el dinero y la horrenda nota de la rebaja o descuento. Con la alegría del respirar no paraba mientes don Carlos en el ahogo que para el porvenir le deparaba la operación. Decían lenguas envidiosas que Bálsamo sacaba de apuros a su señor con el propio dinero de este, al interés del 60 u 80 por 100. Pero esto podía ser o podía no ser. ¿Quién descubriría la secreta incubación de estos malvados negocios? Quizás Bálsamo pondría en ellos sus ahorros, tal vez los no-ahorros de su señor; pero la mayor parte salía de las arcas de un sujeto maduro y afable, llamado don Francisco La Diosa, que no solía dar en aquellos tratos la cara, y esta la tenía muy plácida, frescachona y sonriente, cara o muestra de una conciencia en perfecta serenidad.
Antes que amigo, don Juan de Castellar, Marqués de Torralba de Sisones, era consejero y asesor económico del de Mudarra, aunque este, la verdad, si recibía en sus oídos las advertencias del prócer, no les daba paso a la voluntad. Bueno será decir que el egregio Torralba se había labrado y compuesto desde muy joven una personalidad artificial, y con ella vestido supo medrar fácilmente en el mundo. Tomó desde luego las posiciones que creía más ventajosas, y le fue tan bien en ellas, que en su edad madura campeaba en primera línea entre los que anteponen a toda denominación el dictado de católicos. Con un catolicismo dulzarrón conquistó a su mujer, de quien hubo de separarse corporalmente a los quince años de casado, y viviendo en la misma casa no tenían trato ni ayuntamiento. La considerable riqueza de su señora le permitía vivir con decorosa holgura, presentarse como uno de los mejores ornamentos de la sociedad, y alardear de paladín de la Romana Iglesia.
De su viudez de hecho se consolaba la Marquesa zambulléndose en las beaterías más complicadas y deprimentes: la que en su juventud fue mujer de poco talento, en los albores de la vejez se iba quedando idiota. Murió la infeliz señora dos años después de haber cesado Torralba en la tutoría de Tarsis. Ya sacramentada y a punto de quedarse en un suspiro, el director espiritual la reconcilió con don Juan. Este pasaba no pocos ratos junto a ella, y cuando ya el trance final se acercaba, la Marquesa requirió a su marido, y apretándole la mano le dijo con susurro místico:
—Juan, para que yo me muera contenta, prométeme que morirás católico...